Pensar en una abogacía consciente implica animarse a generar una nueva mirada hacia los conflictos, el derecho y el modo de ejercer la abogacía, en el entendimiento de creer que es posible reemplazar el viejo paradigma confrontantivo por uno pacificador que nos tenga por protagonistas.
Esta nueva manera de concebir al derecho nos interpela a poner la mirada en la forma que le damos, en principio, a nuestro diario quehacer profesional, vale decir, nos invita a poner luz sobre el modo en el que ejercemos la abogacía.
Nos han enseñado a ser abogados respondiendo a un estereotipo vinculado con la dureza del litigio, respondiendo a un molde prefijado que no tiene en cuenta nuestras individualidades, nuestros dones personales, nuestras potencias, nuestros deseos, nuestras intransferibles expectativas de los lugares a los que queremos llegar y del particular sello que deseamos darle a la profesión.
Somos viajeros de una época que nos invita a revisarnos, a cuestionar si aquello que hemos aprendido efectivamente nos representa para poder soltar lo que no nos sirve y elegir, desde nuestra singularidad, las formas que nos permitan expresarnos en nuestra esencia.
La profesión que ejercemos forma parte de los que somos, de modo tal que, es hora de iluminar, también, quienes estamos siendo en ese rol al que le dedicamos tantas horas de nuestra vida.
Llegó el momento de dejar de hacernos los distraídos para observarnos en el contenido que le damos a nuestro rol de abogados y chequear si simplemente estamos cumpliendo con lo que se espera de nosotros o si nos estamos animando a elegir aquello que nos define.
La propuesta es, sabiendo que somos una permanente integración de cuerpo, emoción y razón, empezar a llevar adelante acciones conscientes que nos representen en nuestros propósitos, que nos traigan bienestar y nos generen expansión personal.
Esto implica animarnos a dejar de caminar a tientas para ponerle luz a esos lugares en los que todo es tiniebla porque no los miramos con detenimiento ni les prestamos demasiada atención.
Aprendimos, a través de una serie de creencias y mandatos adquiridos, a desempeñar los roles en los cuales desarrollamos nuestras vidas según una serie de estereotipos que nos indican de qué manera debemos comportarnos para satisfacer las expectativas de la sociedad que habitamos.
La abogacía no escapa a estos estereotipos que aprendimos. En la Facultad de Derecho se nos enseña una única forma de ejercer la profesión y la misma sociedad espera que seamos de determinada manera.
Así nos vamos convirtiendo, casi sin darnos cuenta, en personas que rellenan un molde que, muchas veces, no es el deseado. Nos perdemos a nosotros mismos en pos de cubrir las expectativas ajenas.
Es tan poderoso el deseo de cumplir con lo que se espera de nosotros que nos olvidamos de nuestros deseos, traicionamos lo que somos en esencia y nos perdemos a nosotros mismos.
Olvidamos aquello que nos constituye, dejamos de lado nuestra verdadera misión y en ese ser lo que nos dijeron que teníamos que ser nos dejamos a un lado.
Corremos detrás de una zanahoria sin cuestionarnos si es eso lo que realmente queremos y, sin darnos cuenta, se nos va pasando la vida en una loca carrera que no nos deja tiempo para descubrir nuestros dones, explorar nuestros deseos y encontrar la forma de expresar nuestra verdadera misión en este paso por el planeta tierra.
En la medida en que sigamos transitando la vida en piloto automático sin prestarle atención a lo que nos sucede y a aquello que de verdad queremos lograr, no habrá lugar para crear sueños nos hagan levantar cada mañana sabiendo que estamos trabajando en la realización de aquello que nos hace sentido.
Ponerle consciencia al ejercicio de nuestra profesión es la consecuencia directa de estar presentes en la vida que vivimos, es animarnos a descubrir qué personas tenemos que ser para poder, luego, diseñar el rol profesional que queremos habitar.
Sin dudas, no es una tarea sencilla pero tampoco es imposible. Es cuestión de elegir nuestras prioridades y, en definitiva, elegirnos, sabiendo que somos los únicos responsables de la creación de la vida que queremos vivir.
Podemos transitar una vida entera sin descubrir quienes hubiéramos sido o podemos tomar el timón de nuestras existencias y asumir el desafío de observarnos, de cuestionar lo aprendido y darnos el tiempo necesario para descubrir qué hay debajo de ese traje que nos pusimos para ser iguales al resto y llegar más rápido a una meta que nos sabemos bien para qué nos va a servir.
Hay muchas maneras de recorrer el espacio de tiempo que vinimos a llenar, de nosotros depende quedarnos estancados en la comodidad de aquello que, en realidad, nos incomoda o permitirnos salir del molde para encontrarnos con el maravilloso vacío que nos ofrece la posibilidad de crear lo que sea que se nos ocurra.
Podemos seguir atados a la queja permanente, al estrés insoportable, a la falta de tiempo o podemos respirar hondo, mirar hacia adentro y darnos la oportunidad de conectar con la calma que surge de cada momento presente que nos olvidamos de vivir.
Bienestar y abogacía no son términos opuestos. Está en nuestras manos elegir cómo lograr llevar armonía a nuestras vidas para armar agendas en las que estemos incluídos, días que merezcan ser recordados porque supimos priorizarnos en la renovada elección de cumplir con nosotros mismos, aún a costa de fallarle al afuera.
Pensarnos y sentirnos en el ejercicio de una abogacía consciente es un llamado a despertar para ser, también en el ejercicio profesional, la expresión de nosotros mismos.