HABITARSE EN LA IMPOSIBILIDAD

 

 

 

El Covid y la extendida cuarentena marcó un hito que nos obligó a habitar la casa en la que vivíamos; no dejó escapatoria para recorrer cada rincón, descubrirla en cada lugar de comodidad o disconfort.

El encierro en nuestros propios dominios nos mostró -más que nunca- esclavos de nuestras posesiones y dueños de nuestras libertades.

Habitar nuestras casas nos acorraló frente a lo inevitable de la existencia, habitarnos en nuestros propios recovecos, en nuestras zonas oscuras, en cada miedo, en lo pendiente, en lo urgente, en aquello sin sentido.

Habitarse es atreverse a ver puertas adentro y permanecer con lo que se encuentre en ese recorrido.

Habitarse es adentrarse, estar adentro; es reconocerse generador de la basura que hay que tirar a diario, sabiendo que es la propia, que no hay excusas ni lugar en el que esconderse de uno mismo.

Habitar una casa es conocerla, hacerla propia, conocer sus cimientos y sus grietas, es saber decorarla y transformarla con cada detalle que la domestica, que la diferencia de otras… es darle el olor que la transforma en propia, es saberla el propio hábitat, el refugio al que volver, el hogar que da calor en el invierno y descanso después de cada batalla.

Habitarse es recorrerse en cada herida, aceptarse, entenderse, valorarse, perdonarse; es asumir que hay un tiempo para cada cosa y que el tiempo no dura para siempre. Es reconocerse en la finitud, en el propio límite, en lo inmanente y en el devenir del cambio.

Habitarse es saberse endeble, vulnerable, falible; es asumir las fallas, los fantasmas, la historia y animarse a buscar nuevos desafíos que, quizá, no nos animaremos a sortear. Es saberse un punto en el cosmos y, aún así, atreverse a andar.

Habitarse es saberse finito. Es entender que ya es hora, que no hay lugar para más excusas ni tiempo para reiterarse en aquella antigua procrastinación justificada.

Habitarse es conocerse en la reiteración de lo que nos daña, en el hacer que nos ocupa y nos pospone, es -de una vez por todas- bajarle la persiana a los imposibles en los que insistimos para no hacernos cargo de aquello que sí es posible.

Habitarse es atreverse a transitar cada una de las emociones que nos arrinconan, es abrirle la puerta a aquello que nos atraviesa, conscientes de saber que solo ahí está la respuesta.

Habitarse es despertar cada mañana con la ineludible certeza que trae cada amanecer al darnos la oportunidad de un nuevo comienzo.

Habitarse es permitirse el derecho al cansancio, al llanto, a la frustración y al fracaso; es darnos el descanso que nos ganamos.

Habitarse es poder gritar la rabia, patear la impotencia, cantarle al viento, bailar la lluvia, callar el silencio.

Habitarse es transformarse en dueño de uno mismo, es entenderse el propio hábitat…

Quizá sea hora de encontrarnos en cada porción de piel, adueñarnos de cada lágrima y poseernos en cada carcajada.

Es tiempo de dejar atrás los amores imposibles, los trabajos que amargan, los vínculos que envenenan, los insomnios que desvelan, en fin,  todo aquello que nos daña

Ya no queda lugar para la reiteración en acciones que no nos llevan a ningún lado; es hora de realizarnos en buenos hábitos, en esos que podemos generar para jugarnos a favor, para ser nuestros aliados.

No hay más espacio para la duda entre opciones que encierran dilemas obsoletos, para acertijos que nos posponen. Llegó la hora de enfrentarnos a aquello que esquivamos, de rendirnos ante los pies de los enemigos a los que supimos derrotar, una y otra vez, usando siempre los mismos trucos.

Es hora de atreverse a encontrar ese amor posible que nos espera, de cerrar los ojos, imaginar el futuro y -aún con un nudo en la garganta y lágrimas en los ojos- soltar aquello que nos estanca en la falta de realización de aquello que somos en potencia.

Es hora de soltar las reiteraciones en las que somos protagonistas de sueños imposibles, es tiempo de soltarnos, liberarnos de las formas que nos estancaron en la parálisis de pensar que no podemos, no queremos, no sabemos ser aquello a lo que renunciamos de antemano.

Es hora de ser inflexibles con lo que nos aleja de la posibilidad de encontrarnos en la mejor versión de nosotros mismos., esa que nos define, que nos muestra como somos, que nos habilita, nos convalida y nos representa.

Es hora de sabernos responsables de nuestros logros y fracasos, de impedirnos una nueva huida a través de esos túneles que no nos llevan a ningún lado; es hora de asumir que no hay salida.

Puede que, por fin, haya llegado la hora de expulsar fantasmas, cerrarle la puerta al miedo, permitirse el vértigo de una mudanza y la incomodidad de un nuevo descubrimiento.

Puede que sea tiempo de adueñarse del privilegio que supone poder elegir nuevos espacios y tener los recursos para habitarlos.

Tal vez sea el momento de reconciliarse con las imposibilidades que creamos, sanar las heridas abiertas, derribar los muros que construimos, dejar en evidencia cada sofismo y hacernos cargo de la responsabilidad que tenemos cada vez que nos fallamos, que nos instalamos en culpas que no nos pertenecen, que nos regodeamos en la excusa de asignarle al destino la responsabilidad de lo que no fue porque no tuvimos la valentía de enfrentarnos con nuestras propias limitaciones y hacernos cargo del trabajo que nos debíamos a nosotros mismos.

Seguro, ya es hora de habitarse en cada pretexto que nos ancló a la invisibilidad de aquello que sabíamos que era imposible, para habilitarnos la posibilidad de vernos en cada una de las cosas que nos quedan por hacer, para hacernos visibles ante lo que podemos construir, para buscar el camino que nos conduce a la realización de todo lo que se nos antoje soñar y hacerlo realidad.

Porque ha llegado el momento de adueñarnos de nuestro tiempo, porque nos lo merecemos, porque el viaje es corto, porque ya nos pospusimos demasiado, porque llegó el momento de encontrarse en lo que, hasta ahora, fue imposible.

 

 

Scroll al inicio