Hablamos mucho de la felicidad y sin embargo, nos cuesta definirla. Algunos la ven como una meta a la cual llegar y se pasan la vida buscándola, otros entienden que hay que encontrarla en las pequeñas cosas de la vida diaria.
Se escriben libros vendiendo fórmulas que, con mayor o menor grado de trabajo personal, nos conducen a ese tan ansiado estado de bienestar emocional identificado como felicidad; gurúes de todo el mundo, dan cursos que nos conectan con nuestro interior para bucear en lo más profundo de nuestro ser y descubrir el secreto que nos abre la puerta que nos lleva a su encuentro.
El gran Jorge Luis Borges, pese a haber sido autor de obras dignas de sentir y pensar que uno logró cumplir con la misión asignada para justificar, con creces, el paso por la tierra concluyó admitiendo que había cometido el peor de los pecados porque no había sido feliz. En otro extremo de la historia, Palito Ortega, con bastante menos pretensiones, hizo cantar y bailar a un par de generaciones, repitiendo, casi como un mantra, que la felicidad es sentir amor.
Los medios de comunicación, en su afán por facilitarnos la vida, vendiéndonos hecho todo lo que alguien pueda hacer por nosotros, ponen a nuestra disposición un par de estereotipos bien diferenciados entre sí, como para que todos podamos amoldarnos y encajar, con mayor o menor comodidad, en alguno de ellos.
Así, se nos venden, como productos de consumo, alternativas de felicidad terrenal que van desde la basada en tener los bienes necesarios para ser feliz en algún lugar paradisíaco del mundo, acompañado de una pareja espléndida y unos hijos estupendos, pasando por una opción basada en dejarnos fluir sin otro cauce que la libertad absoluta, casi en sintonía con una rebeldía hacia las pautas del sistema, hasta llegar a un formato absolutamente espiritual en el que la felicidad pareciera poder descubrirse sólo zambulléndose en los vericuetos de la meditación en el Tíbet o en un viaje interno que incluya una travesía hasta el Taj Majal.
Es decir, a falta de consenso sobre su contenido, se la asocia con diferentes alternativas frente a las cuales la posibilidad de no ser feliz no resulta una opción posible.
Se nos presentan fotos tentadoras de diferentes variables ante las que dudar, resulta de un escepticismo políticamente incorrecto, casi de mal gusto porque, en lo que sí pareciera haber consenso, es en la necesidad de alcanzar la tan ansiada felicidad, esa que se transformó en un bien de consumo en si misma, en una mercancía que se tiene que conseguir a cualquier precio y que nos enfrenta con la obligación de ser felices.
Cualquier duda al respecto se convierte, casi, en una herejía.
¿Ahora bien, en qué medida nos afecta el estereotipo de felicidad que nos venden los medios? ¿Es posible ser feliz sin ser un ser humano blanco, heterosexual, que tiene una pareja estable, lleva una vida ordenada, arma una familia con un par de hijos sanos y educados, tiene un trabajo que le permite vivir sin mayores sobresaltos económicos, disfruta de momentos de esparcimiento, salidas con amigos y encuentros con la familia, posee una vivienda y auto propios y la posibilidad de irse de vacaciones todos los veranos?
¿Es posible ser feliz incumpliendo los mandatos que nos fueron transmitiendo nuestros padres desde chicos, como diría Serrat, con la leche templada y en cada canción?
¿De verdad podemos elegir con total libertad cuál es el contenido que le queremos dar a nuestra particular forma de ser felices? Y, si así fuera, ¿cuál es el modo de lograrlo?
¿Es posible aprender a ser feliz? Y, en tal caso, ¿es posible criar hijos que sepan ser felices?
Cabe entonces preguntarse: ¿Tenemos la obligación o el derecho de ser felices? ¿O ambos?
¿Tenemos derecho a sentirnos infelices aún teniendo cubiertos todos los ítems que el estereotipo social de felicidad trae predeterminado? ¿Es verdad que cuanto más alto se está en la pirámide de necesidades cubiertas más difícil resulta ser feliz?
¿Tenemos siempre como prioridad en nuestras vidas transitarla con felicidad o en algunos momentos perdemos el foco y nos distraemos con otras cosas urgentes que «tenemos» que alcanzar?
¿Las metas que nos ponemos, están siempre en sincronía con aquello que nos conecta con la felicidad?
¿Somos capaces de ir revisando que nos trae felicidad en los diferentes momentos de nuestra vida? ¿Tenemos la plasticidad y el valor de cambiar de rumbo si reconocemos que estamos viviendo bajo un esquema de pretensa felicidad que ya no nos sirve?
¿Ahora bien, de qué hablamos cuando hablamos de felicidad? ¿Estamos todos de acuerdo en su significado? ¿Coincidimos en cuál es el modo de alcanzarla? ¿Es posible retenerla o es algo que, casi de un modo aleatorio sucede y por lo tanto, así como aparece, luego se evapora para que volvamos a buscarla?
¿La inteligencia emocional nos facilita en algo el camino? ¿Es decir, la felicidad se piensa o se siente?
Es posible que el tan ansiado estado anímico asociado a la felicidad sea, la conjunción armónica de pensamiento y emoción plasmada en acciones coherentes que materialicen aquello que, primero sentimos y luego llevamos a la mente para poder, finalmente, traducirlo en nuestra vida diaria.
Llegado este punto, resulta casi obvio concluir que, aún identificando cuál es el contenido que le queremos dar a nuestro intransferible concepto de felicidad, éste va a variar con el transcurso del tiempo y de las circunstancias que nos toquen atravesar. Si efectivamente así fuera, somos cada vez más exigentes con los parámetros que usamos para definirla o, por el contrario, ¿somos más laxos?
¿Felicidad es hacer lo que uno quiere o querer lo que uno hace?
¿Cuál es el punto de equilibrio entre ir por más y valorar lo que se tiene?
¿Es más beneficioso el sosiego que da la aceptación de la realidad tal como es o, el desafío de soñar nuevas realidades, al traer consigo nuevos desafíos, resulta una alternativa más vital?
¿Es posible pensar en una felicidad que surge casi como añadidura de la haber cumplido con todo lo que la sociedad espera de nosotros?
Con cierto grado de objetividad y simplismo, el diccionario define la felicidad como el estado de ánimo de la persona que se siente plenamente satisfecha por gozar de lo que desea o por disfrutar de algo bueno.
Está claro entonces, incluso con una definición poco pretenciosa, que es imposible encontrar una regla uniforme aplicable a todos por igual, porque está, ya desde el inicio, relacionada con los deseos de cada persona en particular.
Etimológicamente, la palabra viene del latin «felicis» que significa «fértil» o «fecundo» y el sufijo «ix» da a entender que, en un principio, fue una voz femenina; vale decir, podemos decir que feliz es aquel que resulta beneficiado por la fecundidad.
Gautama Buda, decía que no hay un camino hacia la felicidad: que la felicidad es el camino. De ahí que la cultura budista entienda que la felicidad reside en las experiencias enriquecedoras que se viven para lograr un objetivo, ya que una vez se consigue lo que deseábamos la satisfacción es muy breve.
Sócrates afirmaba que el secreto de la felicidad no se encuentra en la búsqueda de más, sino en el desarrollo de la capacidad para disfrutar de menos. Es decir, la felicidad no sería consecuencia de recompensas externas o reconocimientos, sino del éxito interno. Al reducir nuestras necesidades, podemos aprender a apreciar los placeres más simples.
En un sentido similar, aunque más hedonista, Epicuro encontraba la receta de la felicidad proponiendo huir del dolor en busca del placer, entendiendo por tal al que se obtiene de las pequeñas cosas; es decir, planteando un hedonismo existencial, proponía encontrar placer en actos tan simples como caminar.
Ahora bien, se abre acá otro punto a tener en cuenta: ¿Uno es dueño absoluto de si mismo? ¿Es posible controlar la propia felicidad o hay una multiplicidad de factores que intervienen?
Epicuro, hablaba de «ataraxia» para referir a la imperturbabilidad del alma, es decir, lograr un estadío de anticipación, previendo lo peor, de modo tal que se evite el sufrimiento que provocan las variables que no se pueden controlar.
Sin embargo, Platón entendía que el hombre que hace que todo lo que lleve a la felicidad dependa de él mismo, ya no de los demás, ha adoptado el mejor plan para vivir feliz. De este modo, en su visión, la felicidad radicaría en el crecimiento personal como fruto de la satisfacción conseguida a través de pequeños logros.
En un sentido similar, aunque más amplio, Aristóteles afirmaba que la felicidad depende de nosotros mismos, entendiendo que cada uno la encuentra en sus propios deseos y metas, partiendo de la premisa de un autoconocimiento que permita identificarlas con claridad.
Y hablando del deseo, para complicar más la discusión, o enriquecer el pensamiento, los estoicos entendían que la felicidad se lograba a través del apocamiento del deseo; es decir, cuanto menos se desea, más paz interior se consigue.
Quizá lo único que podemos afirmar con certeza es que, desde siempre, el ser humano, en tanto ser pensante y sintiente, se ha cuestionado sobre el modo de transitar la vida de la mejor manera posible y en esa búsqueda ha tratado de encontrar alguna respuesta que de sosiego a esa necesidad.
Pareciera que también es posible establecer un consenso que refiere a la singularidad del contenido del término para cada persona, ya que, cualquiera sea la opción elegida, siempre tiene carácter subjetivo.
Desde este espacio, en el que se suelen aportar más preguntas que respuestas, sí invito a rever los mandatos de presuntos modelos de felicidad que nos inculcaron y que reproducimos; esos que nos enseñaron, los que otros buscan, aquellos que muestran los medios de comunicación.
Es decir, quizá sea hora de desafiar esa propuesta que nos invita a estar siempre bien, desoyendo nuestras propias contradicciones, desatendiendo los altibajos normales que el devenir de la vida trae consigo o enmascarando los momentos de malestar, angustia, tristeza o desgano.
Es decir, pensar en la felicidad como una euforia permanente resulta tan complejo de sostener como afirmar que es un sentido final para darle a nuestra vida, ya que, con el primer postulado estaríamos frente a una especie de orgasmo permanente que en algún momento pierde su condición de clímax y, en el segundo, nos enfrenaríamos a la paradoja de buscar algo que, en caso de ser encontrado, nos enfrentaría a la decepción de no tener más objetivo que le de sentido a nuestra existencia.
Quizá, como sucede con casi todo, la vía del medio sea la que más se acerque a una aproximación realista del tema.
Pareciera que es recomendable alejarse de cualquier mandato o estereotipo que sostenga la perpetuación de esa representación social que no tolera la dicotomía que presenta el continuo juego de placer y dolor en la construcción de la felicidad, por cuanto, ambos, son elementos de la fórmula que se significan y potencian recíprocamente; hecho esto, el paso siguiente será mirar para adentro, hacer conectar la autopercepción que cada uno tenga de sí mismo con lo que se siente y piensa, y luego actuar haciendo conjugar todo eso de un modo armónico, buscando cuál es el plan de realización personal que nos conecta con la mayor fecundidad posible para nuestra vida.
Porque, finalmente, puede que la felicidad, como estado general de vida, no como emoción relacionada con la alegría momentánea, no sea otra cosa más que la consecuencia inherente de estar viviendo la vida que uno elige vivir, transitando los proyectos que cada quien entienda que le dan sentido a la propia existencia y por lo tanto, puede que los momentos de tristeza, reflexión, introspección, angustia, crisis, no sean antagónicos con ella.
Puede que, justamente para seguir transitando una vida plena, sea imprescindible dejarse atravesar, en ciertos momentos, por la angustia que nos generan esas preguntas que, a la larga, van a renovar ese estado macro de felicidad consciente que se construye en una eterna sucesión de aquí y ahora.