Cada uno de nosotros fue criado, educado, en un paradigma que nos ha construido de determinada manera, nos ha hecho ver el mundo de cierto modo.
Podemos imaginar los paradigmas que aprendimos e hicimos nuestros como una especie de mapa: un mapa no es el territorio sino una explicación de ciertos aspectos del territorio.
Los paradigmas funcionan de igual modo.
Todos tenemos mapas en la cabeza que nos señalan el modo en que son las cosas o realidades, por un lado, y por otro, el modo en el que deberían ser o valores.
Esos mapas que tenemos anclados a nivel subconsciente y a través de los cuales observamos la realidad, a los otros y a nosotros mismos, no son en absoluto algo real, sino una simple representación en nuestras mentes de aquello que pensamos respecto de una realidad que, cada quien, ve a su manera.
Es decir, tenemos una serie de supuestas realidades y valores preestablecidos, que no cuestionamos, sino que simplemente damos por sentado que el modo en el que vemos las cosas corresponde a cómo realmente son o a cómo deberían ser y sobre esas presunciones, que damos por ciertas, construimos nuestras actitudes, conductas y valoraciones.
Fuimos educados para tener la prepotencia de creer que el modo en el cual vemos las cosas representa una verdad unívoca en relación a cómo ellas son.
Obviamente, cada uno de nosotros va por la vida con sus propios paradigmas, con lo cual, si nos quedamos aferrados a ellos, la interacción se vuelve por demás compleja porque cada uno de nosotros ve el mundo, no como es, sino como somos, con nuestros condicionamientos y creencias.
De ahí que, tomar consciencia de estos mapas o supuestos básicos que damos por ciertos resulta relevante a la hora de querer ver qué hay debajo de todo eso que aprendimos y que nos define.
El primer paso para conocerse es reconocer estos paradigmas para examinarlos, ponerlos en duda, escuchar otras voces, abrirnos a nuevas percepciones, vale decir, cuestionarlos, lo cual equivale a cuestionarnos a nosotros mismos para descubrirnos en lo esencial que nos constituye.
Mirarnos en nuestro propio espejo implica hacer un ejercicio de autoconsciencia que nos permita distanciarnos de nosotros mismos y examinar, inclusive, el modo en el que nos vemos: es decir, ver el paradigma que nos rige.
Paradigma y mandatos tienen bastante que ver; la realidad es que se nos ha enseñado ese modo de ver el mundo, de vernos, de pensar y pensarnos, de valorar y valorarnos a través de determinadas formas que nos indicaron en qué molde debíamos entrar.
Con lo cual, cuestionar el paradigma que nos rige es cuestionar lo aprendido para poder vernos libres de ese condicionamiento.
Hasta tanto no logremos vernos a nosotros mismos, y por lo tanto, ver cómo vemos a los otros, no vamos a ser capaces de comprender cómo perciben el mundo las personas con las que nos vinculamos.
Si la única visión que tenemos de nosotros mismos proviene del paradigma social que nos rodea, del espejo social, la concepción que tengamos de nosotros va a ser simplemente la imágen reflejada en un espejo que no nos pertenece.
Vamos a ir por la vida escuchando frases de otros que supuestamente nos describen, nos dicen qué tenemos que hacer, nos señalan qué está bien y qué está mal, nos critican o nos aprueban y no vamos a tener la menor idea de cuál es la frase que nos diríamos nosotros a nosotros mismos.
Entonces, el primer punto para descubrirse libre de mapas aprendidos que quizá no nos definen en absoluto es mirarse en el propio espejo, a través del prisma de la autoconsciencia, animarse a vernos al desnudo y tener el coraje de descubrir cuáles son los paradigmas que rigen nuestra vida.
Cuestionar los paradigmas que nos moldean implica cuestionar las etiquetas que nos rotulan: las que nos ponen otros y las que nos ponemos nosotros mismos.
Cuestionar qué cosas qué nos dicen tomamos por ciertas y qué nos decimos a nosotros de nosotros mismos, nos lleva a la maravillosa posibilidad de elegir las palabras que auténticamente deseamos empezar a usar.
Cuestionarnos para descubrirnos implica también despegar esas etiquetas que nos pegaron y que nos pegamos, esos rótulos que nos colocan en determinados lugares obligándonos a permanecer atados a las formas aprendidas.
La buena noticia es que tanto lo aprendido, como lo que tenemos por descubrir se encuentran en nuestro interior y son intercambiables si asumimos el desafío de adueñarnos del poder de crear nuestro propio paradigma.
Somos la causa y el efecto de todo cuánto seamos capaces de elegir para diseñar la vida que queremos vivir.
De nosotros depende asumir la osadía de mirarnos al desnudo para conocer el territorio que habitamos y a partir del cual podemos ser constructores de cualquier conquista.