ACCIÓN Y REACCIÓN: EL ARTE DE ACTUAR CON CONSCIENCIA

 

El tercer precepto teórico postulado por Isaac Newton fue el Principio de Acción y Reacción, que rezaba que a toda acción le corresponde una reacción igual pero en sentido contrario; es decir, que las acciones mutuas de dos cuerpos siempre son iguales y dirigidas en sentido opuesto

Esta ley explica que las fuerzas en el mundo se dan siempre en forma de pares: una acción y una reacción, esta última de la misma magnitud pero dirección contraria, lo cual significa que cuando un cuerpo ejerce sobre otro una fuerza, el último responde con una fuerza de igual magnitud aunque de dirección opuesta.

Ahora bien, sucede que, a veces, este principio indiscutible en la física, se nos filtra,  aún sin darnos cuenta, en nuestra vida emocional y, entonces, reaccionamos ante determinadas situaciones o emociones.

Muchas veces, vincularmente, obramos respondiendo a lo que recibimos del afuera, reaccionamos en función de la acción que otra persona realizó, sin pensar en cuál sería nuestro proceder si no nos estuviéramos dejando condicionar por esa acción ajena a nosotros.

No creamos nuestro accionar, sino que, simplemente, reaccionamos con una fuerza opuesta que, en definitiva, no habla de nosotros sino de la acción del otro. 

Para neutralizar al otro, nos anulamos.

Otras veces, reaccionamos, ya no ante la acción de alguien ajeno a nosotros, sino con nosotros mismos, con lo que nos pasa, con lo que sentimos, con aquello que nos genera disconfort, con lo que no sabemos resolver, con lo que nos cuesta enfrentar, con lo que nos angustia, con lo que nos duele.

En cualquier caso, sentimos algo y reaccionamos como si esa fuerza opuesta que emitimos fuera a ser capaz de sacarnos esa emoción displacentera o dolorosa.

Si nos prestamos atención, vamos a notar que reaccionamos con otros y con nosotros todo el tiempo y no tomamos registro de lo que hacemos; simplemente, actuamos en piloto automático tratando de evitar las emociones que creemos negativas.

La pregunta que se impone es: ¿Hay acaso, emociones negativas y positivas? 

Quizá el asunto remita a los recursos con los que contamos para gestionar diferentes tipos de emociones.

Es probable que no hayamos sido educados emocionalmente para transitar con la misma naturalidad las emociones socialmente deseadas que las que supuestamente necesitamos evitar, de modo tal que, sin darnos cuenta, nos convertimos en adultos que le escapan a ciertos estados emocionales y buscan desesperadamente conseguir otros.

Entonces, a esa sensación que nos conecta con un lugar en el que no queremos estar, le oponemos una fuerza idéntica de sentido contrario: reaccionamos, creyendo que con eso nos hacemos valer frente a los demás o que somos resilientes en nuestra vida personal.

El punto es, a dónde nos lleva reaccionar? ¿Solucionamos algo? ¿Somos realmente nosotros, en nuestra más profunda y real expresión, cuando reaccionamos frente a la acción de otro? O estamos siendo, simplemente una consecuencia de la acción recibimos?

Cada vez que ante una situación dolorosa, incómoda, que no sabemos cómo resolver, reaccionamos con una acción que no es el resultado de haber pensado un plan para lograr llegar al lugar al que queremos arribar sino que actuamos casi por inercia solo para no sentirnos mal, estamos reaccionando y, por querer evitar el malestar, simplemente lo perpetuamos.

Cada vez que reaccionamos anulamos lo que sentimos pero no logramos generar una situación de bienestar real, sino que, simplemente, le oponemos una fuerza igual y contraria, de modo tal que, lo taponamos. 

Obturamos el malestar, lo anulamos y efectivamente, por un tiempo más o menos largo, habremos sentido cierto grado de bienestar pero, antes o después, ese caudal emocional que tapamos va a salir por otro lado, con más fuerza que antes.

Dicen que lo que resiste, persiste, y es así. 

Reaccionar es resistirse y, en consecuencia, comprar el boleto para que nada cambie.

La diferencia entre reaccionar y accionar es la capacidad de permanecer en esas zonas displacenteras el tiempo que sea necesario como para mirarse, observarse con atención sin juzgarse, pero sin pretender tomar atajos, asumiendo que lo que sucede simplemente es. Y suele ser para algo.

Si logramos permanecer en esa observación de nosotros mismos, sin distraernos, sin buscar excusas ni chivos expiatorios, sin enredarnos en por qué nos sucede tal o cual cosa, sin apurarnos en tener el billete de la supuesta felicidad en la mano todo el tiempo, probablemente vamos a descubrir qué necesitamos para conectar con nuestro intransferible lugar de bienestar, vamos a ser capaces de averiguar qué queremos, qué deseamos para nosotros desde un lugar de trabajo lento.

Accionar implica ser conscientes de qué estamos buscando, no para salir rápido del lugar en el que no queremos estar sino para empezar a transitar el camino que nos lleve al lugar en el que sí queremos estar.

Ese camino, se empieza a recorrer aún antes de dar el primer paso, porque se inicia en la mente, en el alma, cuando, después de tomar registro de nuestra más profunda interioridad, somos capaces de crear la idea de qué queremos para nuestras vidas, elaborar el plan para lograrlo y ahí si, empezar a andar.

Accionar es adueñarse de las decisiones que nos hacen ser quienes somos sin darle ese poder a nadie más y sin dejarnos gobernar por las emociones de las que queremos escapar.

La acción, el actuar que nace de un proceso de conocimiento personal y de la búsqueda de nuestro propósito, no siempre se traduce en actos rimbombantes; muchas veces, la mayoría, es esa suma de pasos pequeños orientados hacia la dirección que nos lleva a donde queremos ir, sin dejarnos tentar por los condicionamientos aprendidos ni amedrentar por los obstáculos externos.

Accionar sin reaccionar es animarse a ser el autor de nuestro destino y tener la valentía para asumir las consecuencias.

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