Aprendimos a ir por la vida detrás de pequeños o grandes trofeos,  en una loca carrera por conseguir logros que, una vez obtenidos, muchas veces, no nos detenemos a abrazar…

Vamos de conquista en conquista…

Conquistamos amores, títulos,  puestos de trabajo, lugares donde vivir, el auto que deseamos, el derecho a unas buenas vacaciones… puede que, incluso, conquistemos cierto aspecto físico, cierto grado de bienestar y, desde ya, conquistamos –incluso- una vejez digna de ser vivida…

Conquistar  deriva del latín “conquisitare”, que puede traducirse como “adquirir de manera permanente” y refiere a obtener algo a través de la habilidad, el sacrificio o la violencia.

Una conquista es aquello que se consigue, con esfuerzo, después de superar ciertos obstáculos.

Suena bastante parecido al modo en el que andamos por la vida, o no?

Es posible que muchas cosas valiosas de la vida requieran de cierta dosis de esfuerzo de nuestra parte, de perseverancia, de convicción para obtenerlas… sin embargo, también hay otras que tienen sentido solo si las alcanzamos como consecuencia de una búsqueda más suave, más liviana, relacionada con el aprendizaje y la evolución…

En cualquier caso, el punto es encontrar sentido al andar, al recorrido del camino y luego, una vez alcanzada la meta, quizá nos haga más sentido, entenderla como la llegada a un lugar nuevo que nos queda por descubrir, por colonizar…

Colonizar es ocupar, asentarse, habitar…

Si hacemos memoria, qué sentido hubieran tenido las conquistas sin colonización posterior?

Hubieran sido victorias vacías…

Sin embargo, en esta loca carrera –en la que no hay con quien pelear- solemos olvidarnos que las dos acciones se complementan y se dan sentido recíprocamente…

Puede que, finalmente, el secreto del paso por este tiempo y espacio esté escondido detrás del ritmo que aprendamos a darle a nuestro intransferible modo de transitarlo  y, luego, por la capacidad que sepamos generar para habitar cada pequeño punto de llegada…