EN TRÁNSITO

Somos seres en tránsito, la vida es solo un tránsito entre dos vacuidades, una línea de tiempo que nos permite conjugarnos como seres vivos en un continuo presente que transcurre entre dos puntos en los que no somos, porque seremos o ya hemos sido. Todo lo que logramos ser –finalmente- queda siempre limitado por dos puntos en los que no somos nada.

Nos enseñaron que del polvo venimos y al polvo volvemos, lo cual, no es más que una versión bíblica para definir y justificar el oxímoron que representa la primera contradicción que la vida encierra; esto es, venir de la nada, estar llamados a ser todo, para irnos con nada, a la misma nada de la que un día vinimos.

Ese primer dilema que nos conecta con la angustia existencial de sabernos inexorablemente finitos, nos permite dar el puntapié inicial para cuestionar todo lo que nos fue dado y todo lo que, a lo largo de la vida, perseguimos.

O, es acaso posible, mantenerse incólume frente a la enorme contradicción que encierra este don de la vida atado –desde que nacemos- a la contracara de la muerte?

Es posible insistir en transitar la vida como  si  esta fuera un valle de lágrimas, cuando es –en realidad- solo el puente que nos permite ser entre dos estadios en los que estamos llamados al silencio de no ser?

Transitamos la vida, el modo de concebir nuestro paso por este mundo y cada una de las pequeñas convenciones que celebramos a diario, según el mapa que tenemos en nuestro sistema de creencias; es decir, vamos andando echando mano de las herramientas que nos proporciona el paradigma con el que fuimos criados, sin tener demasiado en cuenta, si ese traje nos queda a bien o no…

Transitamos nuestro paso por la vida en una negociación permanente con los otros y con nosotros mismos, sin atrevernos –muchas veces- a ver más allá, sin dejarnos atravesar por lo que la vida propone…

Descubrirnos en un tránsito entre dos extremos en los que no somos, nos interpela a asumir que la vida no es ir de un punto a otro, ni  estar en un lugar determinado, sino que es ser en uno mismo, en una continua conjugación del tiempo presente en la primera persona del singular.

Entender que somos una partícula en el universo, que está llamada a ser vista sólo durante cierta cantidad de tiempo, y empezar a repensarnos a nosotros mismos en lo aprendido, es también una invitación a conjugarnos dentro de ese universo del que formamos parte, de ese plan –divino o no- absolutamente perfecto, en el que hay un orden que nos excede pero que es posible comprender si dejamos de usar la razón y empezamos a entender con la intuición, con los sentidos, con lo que nos murmura el alma.

De modo tal que, el primer paradigma a modificar en nuestro modo de vernos a nosotros mismos es esto de quedarnos encerrados en la finitud comprendida entre el nacimiento y la muerte porque es verdad que somos en vida, somos en tiempo presente en el lugar en el que nos toque manifestarnos, pero, también es cierto que –aún antes de nacer- estábamos en el plan universal y que quedaremos, de algún modo, aún cuando físicamente ya no estemos.

Comprendernos con esta naturalidad, en este fluir con el resto del universo, con sus leyes, nos enfrenta al desafío de asumir que somos tan minúsculos como cualquier otro ser vivo del planeta y nos abre la puerta a la conexión con la sincronicidad del universo, con esa energía cósmica que nos acuna, que nos permite asumirnos en nuestras mareas altas y bajas, que nos va a dar la posibilidad de encontrar nuestra propia luz aún en las zonas de mayor sombra.

Sabernos parte del universo, nos va a permitir empezar a acallar ese vacío existencial que nos provoca la idea de la muerte, -cual guadaña que sigue nuestros pasos soplándonos siempre detrás de la nuca-, si somos capaces de  conectar con la humildad necesaria como para entendernos parte de un todo superior, del que formamos parte, con el que nos entrelazamos, más allá de la celebración que hacemos con cada nacimiento o del dolor que nos provoca cada muerte, porque –finalmente- vida y muerte no son más que cara y contracara de una misma existencia, en la que cada muerte no es más que la continuación de la vida y cada nacimiento una forma de muerte en una interminable sucesión de principios y finales.

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