Solemos ir por la vida transitando veredas que parecen tener una sola mano y que proponen permanentemente vías de circulación en sentido opuesto… así, pasamos de pensar que es preferible malo conocido que bueno por conocer, a convencernos que mejor solo que mal acompañado, en un continuo devenir de creencias contradictorias que nos justifican en fracasos reiterados y nos limitan alimentando la falsa amplitud de los opuestos.

En ese espacio encerrado entre polos que, finalmente, son obcecadamente lo mismo, buscamos diferentes matices que no hacen más que confirmar los límites que los confinan y, así, nos vinculamos buscando a la pareja que nos enamore para toda la vida o escapando de cualquier atadura, en interminables matches que, muchas veces, no llegan siquiera a durar una noche.

Vamos por la vida buscando fórmulas que funcionen, muchas veces a ciegas, otras tantas empecinados en encontrar un formato que se nos presenta esquivo y maldecimos al destino, a la suerte, al otro, a la otra…cada tanto, incluso, nos maldecimos a nosotros mismos, sintiéndonos impedidos de lograr lo que deseamos, frustrados, mal afortunados, sin comprender qué hacemos mal y nos repetimos en lugares conocidos… cambiamos los actores, los escenarios pero volvemos a sentir que no hay fórmula, que esa historia del amor es nuestro talón de aquiles, que no es para nosotros, que -quizá- sea puro cuento…

El caso es que, en esto de soltar, no logramos soltarnos a nosotros mismos, no nos animamos a hacer esos movimientos que implican saltar sin red porque pensamos que debajo va a haber un vacío que nos va a succionar y seguimos caminando siempre por los mismos lugares sin caer en la cuenta de la falsa seguridad que da ese camino conocido que, casi seguro, nos va a volver a llevar a destinos ya visitados, de los que luego queremos huir…

Asumirnos en la libertad que nos fue dada implica animarse a ejercerla en un juego sincrónico de instinto de supervivencia y desafío a los saltos sin red porque así como la vida trae consigo la muerte, para llegar a la posibilidad hay que atravesar antes la imposibilidad, para vincularse es necesario conocerse en soledad, para sentirse fuerte hay que registrar la propia vulnerabilidad, para ser es necesario no haber sido…

Recién cuando logramos hacer esos movimientos sin red, sin expectativas ni pretensiones, estamos abriendo la puerta a que algo nuevo suceda y nos conmueva, nos sorprenda, nos haga sentir en armonía con la construcción de nuestro destino.

Sólo después de animarnos a atravesar el miedo que conlleva encontrarnos con un otro desprovistos de libreto, sin mapa a mano ni truco bajo la manga, sin lugar al que llegar ni maquillaje que disimule nuestras debilidades, vamos a estar en condiciones de ser auténticos creadores de lo que sea que se nos antoje para nuestra vida… solo es posible crear desde la desnudez del alma, la confianza en el propio instinto y en encuentro con otro que se anime a hacer el mismo movimiento…

Siempre es el otro el que nos muestra lo que tenemos que ver y nosotros -a la vez- somos quienes le permitimos al otro despierto encontrar sus propias respuestas o formularse las preguntas necesarias para avanzar en la creación de su propio recorrido…

Puede que ese otro, sea alguien destinado a quedarse en nuestra vida bajo cualquier tipo de vínculo… puede que no… 

En cualquier caso, ese otro, con el que ya no habrá fricción sino solo conmoción, está destinado a quedarse en un lugar de nuestra alma, de nuestra historia, en esa coparticipación de movimiento conjunto que logra conmovernos.