Escribir es irse, es ser aquello que se logra plasmar en palabras; es volar, sabiendo que -cuando nos hayamos ido- algo nuestro va a quedar flotando en el aire.

Escribir es abrir la puerta para ser quien lo que de en gana ser, para decir lo que se quiera decir; es abrir la puerta del juego, ese que nos permite ser otros aún vistiendo nuestra propia piel, para -después de un rato- volver a ser quienes éramos.

Escribir es tomar la decisión de ser autor -o autora- de aquello que luego será de quien lo quiera leer; es dar para ser recibido, es soltar algo propio al mundo para que, quien lo lea, se lo adueñe, lo entienda como le plazca y lo critique o alabe a su criterio…

Escribir es abrir una ventana, soltarse al viento y asumir el riesgo de no ser leído por nadie, sabiendo que pretender serlo es, simplemente, un ejercicio de vanidad porque quien escribe, lo hace, en primer término, para si mismo.

Escribir es sanar, es poner en palabras aquello que el corazón guarda, es abrazarse en cuerpo y alma al sortilegio que se esconde detrás del sonido articulado de una letra con otra.

Escribir es animarse a bucear dentro de los laberintos de la mente para encontrar aquello que no se dijo, aquello que guardamos, pensando que los silencios nos liberan de la esclavitud de las palabras.

Escribir es sentirse valiente cada vez que se enfrenta la hoja en blanco, es darse la oportunidad de crear realidades que no existen o describir aquellas que, con total parcialidad, vemos desde nuestra pequeña perspectiva.

Escribir es, sabiéndose finito, tener el atrevimiento de desafiar el momento presente para perpetuarse en un puñado de frases.

Escribir es bailar con los dioses, es tomarse el atrevimiento de querer conquistar la eternidad.