En esto de repensar lo aprendido, repensarnos, para vivir más plenamente y con más consciencia de nuestras posibilidades de desarrollo, resulta imprescindible derribar el mito del ¨don¨ como algo especial que solo tienen algunos privilegiados.

Si hacemos memoria, hemos escuchado infinidad de veces que fulano o mengana tienen un don especial para tal o cual cosa pero, sin embargo, no fuimos criados en el conocimiento de nuestros propios dones.

Y hablo de dones a sabiendas de estar usando el término en plural.

Venimos de un paradigma que nos educó de un modo hegemónico, con mandatos compartidos, uniformes, sexistas, que -por lógica- generó la construcción de individuos cortados por la misma tijera.

En ese universo, tener un don era algo especial -casi mágico- asociado a la posesión de un talento de una envergadura tal que hiciera sobresalir de la media haciendo algo usual o inusual de un modo excepcional.

El don es dado, pero eso no significa que sea algo dado aleatoriamente solo a algunos o algunas…

El don o los dones son los talentos que nos distinguen de los demás, que nos hacen únicos; son esas condiciones, habilidades, para hacer algo que -probablemente- nos colme de alegría al llevarlo a cabo, algo que -casi seguro- va a estar muy relacionado con nuestra realización personal.

Sin embargo, no somos educados para conectar con esas habilidades innatas, para descubrirlas, explorarlas, conocerlas, desarrollarlas, expandirlas, hacerlas propias y potenciarlas… somos educados para entrar en moldes prefijados, que muchas veces nos quedan incómodos y otras tantas son la forma perfecta para anular aquello que estamos esencialmente llamados a ser.

Sin embargo, como ya es hora de dejar de echarle la culpa a la educación que recibimos, llegó el momento de asumir que nunca es tarde para reverse, mirarse, hurgar dentro de uno, asumir el riesgo de encontrar cosas desagradables para -finalmente- encontrarnos a nosotr@s mism@s.

Ese descubrimiento sin maquillaje, sin formatos impuestos, esa conexión con nuestras almas al desnudo, va a ser el pasaporte para encontrar los dones que tenemos escondidos y que no aprendimos a mirar.

Prestarle atención a nuestros dones, a aquello que nos fue dado para que, con dedicación, trabajo y persistencia, logremos desarrollarnos, es probablemente uno de los recorridos que mayor satisfacción puede generar, aunque nunca lleguemos a un lugar en el que nos destaquemos como seres sobresalientes en un talento determinado.

Porque, entre otras cosas, es hora de entender que tener un don y ser un dotado para sobresalir en determinada actividad, no es lo mismo y una cosa no quita la otra.

Ese malentendido nos hizo creer que don y éxito eran dos palabras asociadas, en un esquema en el que -obviamente- había una sola manera de ser exitoso o exitosa.

Es hora de terminar con el equívoco y comprender que, probablemente, quienes sobresalen en alguna actividad hicieron un buen uso de algún talento pero, a la inversa, no descollar en algo, no implica carecer de uno o varios dones.

El don, cuando nos prestamos atención, se reconoce porque brota como el agua del manantial. Poco importa la trascendencia de la actividad o el talento en cuestión, importa que eso que nos sale por los poros, que está en nuestro ADN, nos define, nos permite ser quienes somos en nuestra más auténtica versión, nos conecta con nuestra misión, nos permite desarrollarnos en nuestra indelegable e insustituible forma de ser personas.

Negarnos la posibilidad de ser en lo que nos fue dado es mutilarnos.