En las últimas décadas hemos sido testigos y partícipes de una inusitada revolución tecnológica que trajo como consecuencia un cambio radical en los medios de comunicación.

La aparición de internet nos permitió comunicarnos de modo inmediato con cualquier lugar del mundo e intercambiar información con una rapidez similar a la del vuelo de superman.

Aparecieron los celulares, los mensajes de texto se transformaron en Whatapp, el chateo se convirtió en el nuevo modo de hablar, los emoticones empezaron a expresar lo que no sabemos, no podemos o no queremos decir en palabras…

Aplicaciones y plataformas web se multiplicaron y, con ello, la posibilidad de hacer o tener casi todo lo imaginable en un abrir y cerrar de teclas…

De a poco fuimos eligiendo qué mueble comprar, que ciudad visitar o con que persona salir haciendo un sondeo a través de la plataforma indicada; nos hicimos anónimos detrás de pantallas que nos permitieron poner nuestra mejor foto y empezamos a acostumbrarnos a convivir con una realidad virtual que nos hizo creer que las imágenes de Instagram podían hacer nuestras vidas tan felices como se veían en las fotos…

La pandemia, en encierro y el aislamiento nos llevaron a sumergirnos casi de lleno en las redes que tomaron otro color: de golpe, se convirtieron en el modo más eficaz para derribar los muros que nos separaban.

Abrimos cuentas y usamos diferentes aplicaciones para comunicarnos, para estar conectados durante horas con desconocidos que se transformaron -meses después- en amig@s virtuales y, de a poco, empezamos a vivir -casi en paralelo- una realidad virtual interrelacionada con la presencial.

Pasó más de un año desde aquel 20 de Marzo en el que tuvimos que aislarnos, sin embargo, aún con la posibilidad de salir y -protocolos mediante- vernos presencialmente, quedamos atrapados en la caja de pandora de las redes.

Quienes abrimos cuentas y seguimos vinculad@s a ellas, seguimos subiendo contenido, seguimos relacionándonos con las comunidades que creamos… ¿cómo dejar aquello que con trabajo y cariño construimos?

Sin embargo, quizá sea hora de parar la pelota antes de volver a patear…

Cuando la televisión estaba en su esplendor, la llamábamos la caja boba y tod@s nos dábamos cuenta del poder que ejercía -y ejerce- en nuestra forma de pensar o no pensar.

Hace tiempo que quien controla los medios de información detenta el cuarto poder.

Ahora bien, somos conscientes del poder que existe detrás de cada una de las plataformas y aplicaciones que usamos? O somos, acaso, tan soberbios de pensar que como ponemos contraseñas, las eliminamos cuando queremos, escribimos lo que nos gusta y subimos las fotos en las que lucimos mejor, tenemos algún poder en ese mundo cibernético en el que el anonimato es solo plausible de ser descifrado por hackers calificados?

Tod@s sabemos que controlan lo que escribimos, decimos, publicamos; tod@s vemos como cualquier aplicación adivina nuestros gustos a la hora de mostrarnos publicidades; tod@s recibimos mails, llamadas, mensajes de empresas que tienen nuestros datos sin que se los hayamos dado; tod@s sabemos que lo que publicamos en las redes queda fuera de las normas aplicables para propiedad intelectual o registro de marcas -en lo que a los ¨dueños¨de las redes se refiere-; tod@s sabemos que somos piezas ínfimas de un enorme rompecabezas que alguien tiene armado en algún lugar… quizá, por eso, conscientes de nuestra pequeñez -y de nuestro aburrimiento- nos quedamos dando vueltas en ese mundo virtual que permitió que el real ya no necesite espías…

Está claro que resulta imposible abstraerse de la virtualidad; forma parte de nuestra vida, de nuestro trabajo, del modo de comunicarnos, de nuestro ser en sociedad hoy en día pero -sin embargo- urge rever el modo en el que participamos de las redes y controlar, de algún modo -por más limitado que parezca- el poder de quienes nos controlan y hacen con nosotros y nuestra información lo que les place.

Seres que creemos en la democracia, en el acceso a la justicia, en los derechos individuales, no hemos reparado aún en lo abusivo del sistema virtual: alguien cuya identidad desconocemos fija las normas, nosotros ponemos el contenido, hacemos andar la rueda, giran millones de dólares y de datos y a nosotr@s -los hacedores de todo ese gran circo- no solo nos controlan, sino que nos privan de la propiedad de lo que publicamos, pueden eliminarnos cuando y como les guste sin dar explicación de ningún tipo… suena abusivo, no?

Suena abusivo porque es abusivo.

Tan abusivo que resulta, incluso, difícil encontrar el modo de hacer encuadres jurídicos en la legislación local y, llegado el hipotético caso, resulta casi inimaginable pensar en una sentencia a favor.

¿Hay algo más abusivo que aquello que no se puede -siquiera- encuadrar jurídicamente?

Sin embargo, tod@s asumimos que esas son las normas y que hay que aceptarlas o bajarse del mundo… y nos contagiamos esa sumisión, esa sensación de ser tan pequeños frente a algo tan inmenso, hacemos de cuenta que no pasa nada y no hacemos nada para cambiar las cosas.

Está claro que pretender modificarlas totalmente es una utopía casi absurda pero permitir el avance de un avasallamiento sobre derechos individuales sin hacer ni decir palabra alguna es entregar nuestra libertar, hipotecar nuestras ideas y dejar marchitar nuestras almas.

Estamos saliendo de la caverna en la que estuvimos escondidos durante un tiempo largo porque un virus letal nos acechaba… es hora también de dejar de vivir mirando la sombra de lo que sucede ahí nomas, a pasos del hueco en el que se esconde la virtualidad… es hora de ser creativ@s, libres, poderos@s…

Es hora de entender el juego de las redes y seguir jugando aún sabiendo que siempre nos van a ganar, usando solo un par de fichas para apostar y reservando el resto para una buena mesa del juego que más nos guste jugar y en la que sí merezca la pena jugarse enter@ por aquello que nos pertence y que no nos puede ser arrebatado.