A la hora de hablar sobre abogados y abogadas, se dicen muchas cosas; que somos cuervos, que no tenemos corazón, que somos chantas, que cobramos demasiado, que bla bla bla…

Poca gente -o casi nadie- repara en que la gran mayoría somos profesionales independientes, que nos capacitamos durante muchos años para especializarnos, para estar actualizados, que invertimos en oficinas, en tecnología, que trabajamos en una permanente lucha contra un sistema que funciona mal, que somos much@s y que no tod@s logramos tener los ingresos que debiéramos tener.

Vivimos en una sociedad en la que no se cuestiona cuánto cobra el plomero por cambiar un flexible pero si se blasfema al abogad@ al que se se le ocurre cobrar una consulta.

Existe cierta presunción relacionada con los honorarios de abogados y abogadas como si fueran fruto del árbol prohibido, como si nuestros emolumentos tuvieran algo cuestionable, como si lo que a nosotr@s nos llevó años aprender no tuviera valor alguno o pudiera ser hecho por cualquiera.

Porque, claro está que, para much@s, de abogad@ se recibe cualquiera…

Amigos, más allá de este punto, hay otro mito en relación con el vínculo que abogadas y abogados se presume que tenemos: aquello de la competencia permanente, de la falta de lugar para tod@s, de la incapacidad para agruparnos, para luchar por lo nuestro, para entendernos como colectivo -más allá de las colegiaturas obligatorias-, de la indiferencia entre nosotros o -incluso- del ¨robo¨ de clientes…

A raíz de un hecho lamentable que estoy padeciendo con mi cuenta de Instagram, más allá del mal momento, tuve una alegría inmensa: en menos de dos horas cerca de doscientos abogados y abogadas se contactaron conmigo para solidarizarse, para apoyarme, para darme aliento y datos, para decirme que no estaba sola, para ayudarme a luchar conmigo…

Abogadas y abogados, en conjunto, dándome ánimo, elogiando mi cuenta, acompañándome en un vivo improvisado de instagram, difundiendo el hackeo -o vaya a saber uno qué- de mi cuenta @espacioleiva

Y, debo confesar que, en medio de un fin de semana en el que me cuestioné muchas cosas en relación a las redes, tuve -tengo- una única certeza: estoy orgullosa de ser abogada, de pertenecer a este grupo de personas que nos sublebamos -todavía- ante las injusticias, que somos capaces de ayudarnos, de encontrar los resquicios que la ley da para enfrentar lo que sea que haya que enfrentar…

Y me siento parte de esta raza de seres que luchamos permanentemente entre la forma y el fondo, entre la letra de la ley y la interpretación jurisprudencial, entre lo que debería ser y lo que es, entre las horas de formación y de trabajo y los montos de honorarios que -tantas veces- hay que perseguir, entre la ilusión que tenemos cuando salimos de la facultad de derecho y la realidad de transitar una profesión en un sistema judicial que funciona poco y mal.

Me siento parte de todo eso, y siento que estoy donde quiero estar.

Porque sin abogados y abogadas este mundo no tendría voz para gritar aquello que está mal, aquello que debe ser abogado, porque somos los portadores del conocimiento del derecho y conocer el derecho da poder, un poder que -colegas amig@s- llegó la hora de hacer valer.

Porque está claro que junt@s somos más fuertes, que sabemos juntarnos, que hemos aprendido a romper los viejos mitos que nos separaban.

Llegó la hora de hacernos valer unid@s, junt@s, mostrando a la sociedad lo que en los hechos sucede.

Abogados y abogadas amig@s, gracias por estar cerca!