Nosotros, humanos mortales prescindibles, que nos sentimos tan importantes y nos pasamos la vida corriendo detrás de bienes que aseguren una impostada trascendencia, cada año de vida -finalmente- confirmamos que sumamos una vuelta al sol y, con ello, todo nuestro egocentrismo queda tirado por la borda ante la confirmación de la nimiedad de nuestras existencias, de nuestro pequeño planeta, en esa enorme galaxia cuyo dominio exclusivo nos arrogamos detentar.

El caso es que cada año que pasa, recordamos -en principio- que estamos vivos, lo cual, en los tiempos que corren es ya -de por si- toda una hazaña frente al destino.

Detrás de eso, hacen fila diferentes razones para celebrar, reflexionar, patalear, en fin, para hacer, cada quien, lo que le plazca con su propio aniversario.

Personalmente, soy de las que piensan que el día del cumpleaños es el único día realmente propio -absolutamente personal e intransferible- del año para cada uno de nosotros, y -por lo tanto- merece ser celebrado. Nos debemos una celebración aunque el único motivo sea estar vivos.

También soy de las que creen que siempre hay motivos para hacerlo… que incluso los peores momentos dejan que se filtren algunos buenos motivos accesorios para celebrar.

Cumplir años conecta con la vida y con la muerte; finalmente, aunque no nos guste -siquiera- mencionar a la parca, la realidad es que, resulta ser simplemente el anverso del hecho de estar vivos. Y celebrar la vida es siempre un modo de ahuyentar las malas jugadas del destino, o no… pero, qué más da?

En ciertas ocasiones, las vueltas al sol son verdaderas revoluciones solares y nos invitan a hacer un balance especial porque nos encuentran frente a situaciones inéditas, a desafíos que no habíamos imaginado, a pruebas superadas, a sueños pendientes, a proyectos en el tintero…

Son cumpleaños especiales en los que hay un quiebre. Una situación especial que no nos permite hacernos los distraídos, mirar para el costado o ir en búsqueda de las anteojeras…

Son años en los que la vida se muestra desplegando todas sus facetas, cual pavo real haciendo alarde de su plumaje, y nos invita a dejar la armadura a un lado para permitirnos sonreir, reir, llorar, emocionarnos, bailar, cantar, escribir… en fin, hacer lo que nos de en ganas para expresar ese caudal emocional que nos rebalsa por su exuberancia, por la generosidad con la que el universo -ese tan enorme en el que no somos más que una partícula- conspira a nuestro favor y se rinde a nuestros pies.

Son momentos en los que se impone abrir el alma al viento, sentirse bendecid@ y permitirse entrar en la plenitud de la calma, esa que no siempre es la antesala de la tempestad sino que -muchas veces- es el reposo del guerrero, el que ya entendió que la guerra no debe durar cien años y que no todas las batallas merecen ser libradas…

Hoy, pasado el medio siglo de vida, en la antesala de otra vuelta al sol, me animo a decir que celebrar un nuevo año sabiéndose consciente de la fortuna que se tiene entre tanto infortunio circundante, debiera interpelar a asumir el compromiso de empezar a ver la vida a través del prisma adecuado, ese que nos conecta con el equilibrio entre realidad y proyectos, amor propio y solidaridad, risa y compromiso, responsabilidad y coherencia, cuidado y brindis… ese prisma que nos genera la calma, el sosiego, la certeza de saber que estamos recorriendo la senda que queremos transitar, que somos valientes por hacerlo, que queda mucho por hacer, otro tanto por soñar y que no hay tiempo que perder porque nada dura para siempre, porque la vida es aquí y ahora mismo, porque no siempre hay revancha… porque el mundo no para y seguirá girando, con o sin nuestro consentimiento y porque, aún sin verlo hace tanto, sigue habiendo un mar que -quizá intuyendo cuánto lo extraño- sigue esperando el día en el que pueda regresar…