En los divorcios, separaciones de convivientes de cualquier tipo, siempre escuchamos la queja repetida de quien se va de la vivienda compartida, que -en los casos de parejas heterosexuales con hijos/as- suele ser el varón.

Y, uno escucha esos relatos, mezcla de bronca e impotencia, tratando de hacer entender que quien se queda en la casa que era el hogar compartido, lo hace sólo por un tiempo transitorio, por el bienestar de los hijos en común, porque la ley así lo preve…

El caso es que, aún sin negar todos los padecimientos que vive el integrante de la pareja desarmada que tiene que salir a buscar otro lugar donde vivir y armar otro espacio para darle forma de hogar, es hora de poner en claro que esa persona tiene -en medio de tanta contrariedad- una enorme ventaja sobre la que se queda en la vivienda otrora compartida.

Quien se va, abre las puertas a un futuro inmediato en el que todo es nuevo, todo es oportunidad de inicio, todo es posibilidad de creación. Es un empezar de nuevo con la obvia mochila de lo vivido y de la realidad que toque vivir pero vacío de lastre, de trastos usados.

Quien se queda, se queda con la comodidad de seguir en la casa armada, usando el mismo baño, sin hacer valijas, sin sufrir el estrés de buscar otro espacio pero se queda con la historia.

Quedarse en la casa que un día fue el hogar compartido es quedarse con las fotos de lo vivido, con el escenario que presenció lo bueno y lo malo, con el decorado que nos escuchó gemir y llorar, con los regalos de casamiento, con el álbum de fotos de bodas, con un millón de fotos enmarcadas que van a acompañar cada mudanza marcando la señal indeleble de aquello que ya no está, que no existe más, que no es.

Quien se queda con las fotos se queda con las imágenes que serán, a su vez, recuerdo de los hijos y quizá de los nietos… ¿Cómo tirar alguna de esas fotos de la era en la que las fotos se revelaban? ¿Cómo no conservar el álbum de bodas?

Quien se queda con las fotos se convierte en depositario de un legado que alguien debe custodiar… se queda con el peso de ser el/la guardián/a de una historia sin final feliz que, aún así, será contada.

Quedarse con las fotos interpela a guardarlas por respeto a la historia de nuestros hijos/as y de quienes vendrán pero autoriza -obliga- llegado en momento, a ponerlas a salvo en un lugar seguro y soltarlas para siempre, porque -finalmente- todos/as tenemos derecho a que sea nuestra mente quien elija qué fotos queremos recordar y cuáles queremos olvidar.