Cuando hablamos de la muerte, en general, pensamos en la muerte de nuestro cuerpo físico en este plano, en ese lugar desde el cual ya no se vuelve porque no hay resurrección posible.

Y podemos blasfemar o bendecir a nuestros muertos, pero lo dicho o callado, ya no tiene arreglo; ya no hay posibilidad alguna de modificar el final de la historia con esa persona a la que ya no tenemos más en este plano para sentarla frente a frente, mirarla a los ojos, insultarla o abrazarla.

Esa es la muerte que nos enseñaron, la que aprendimos, la que sabemos que provoca un duelo y, ante la cual, nos permitimos llorar. Llorar por lo perdido, por lo que ya no será, por los recuerdos, en fin, llorar porque se nos permite llorar…

Sin embargo, hay otras muertes que provocan un dolor idéntico y que guardamos debajo de la alfombra, que tapamos con reclamos, reproches, enojos, y un sinfín de emociones que nos permiten tapar la tristeza que nos da perder a otro.

Porque, hay muchas formas de perder a otra persona. La muerte es solo una de ellas.

Se pierde a quien deja de quererte, a quien no querés más, a quien sacas de tu vida, a quien se va de la tuya…

En cada divorcio hay una muerte no pronunciada. Una herida sangrante que no nos detenemos a mirar lo suficiente porque duele demasiado y no nos enseñaron que ante ese dolor se podía llorar como en un cementerio. Entonces la tapamos y la vamos envolviendo con gasas de bronca, recriminaciones, destratos, malos tratos y creemos que con ese bagaje de emociones puestas en un lugar en el que debería haber solo dolor, vamos a estar mejor más rápido…

Nos equivocamos…

Hay amigos, amigas, hermanos, hermanas, incluso padres e hijos, que quedan –también- muertos en vida.

Muchas veces, así como no somos capaces de permanecer al lado de una pareja que no creció al mismo ritmo que el nuestro o en la que, simplemente, se fue el amor, tampoco podemos permanecer al lado de personas que –por el motivo que sea- ya no calzan en nuestra vida o no quieren tenernos en la suya.

A veces es un simple destiempo que mete la cola y nubla la mirada, otras, es esa misma mirada nublada –obstruida- que no nos permite entender que lo que vemos en el otro es, en realidad, lo que nos hace ruido de nosotros mismos y ante el dilema de no poder vernos, la propia incapacidad para aceptarse en lo no resuelto de uno mismo, elegimos poner en el otro la causa de nuestros males…

En algunos casos, el paso del tiempo, simplemente diluye el afecto, lo licua, lo hace acuoso, sin gusto, como esos tragos a los que se les derritió el hielo  y ya no son lo que eran…

Estas otras formas de morir, son menos contundentes porque –en tanto hay vida- hay posibilidad de revertir lo que sucede… sin embargo, a veces, no tenemos en cuenta que, la vida, aún estando vivos, no es más que un soplo que puede apagarse en cualquier momento y entonces, también en estos duelos que no nos enseñaron a llorar, uno llora.

Uno, consciente, llora ante lo perdido aún en vida.

Cuando uno entiende que estas muertes son tan contundentes como las otras, cuando uno tiene la certeza de sentir en el pecho la opresión que deja aquello que no volverá, uno se permite el llanto y llora desconsoladamente ante la impotencia de no poder salvar algo que aún defectuoso, está vivo , se angustia, se permite el duelo y pasado un tiempo entiende que es hora de enterrar –aún en vida- aquello que, hagamos lo que hagamos, ya no tiene posibilidad de ser lo que fue. 

Uno asume la pérdida de aquello que -aún amado-, inevitablemente, ya no volverá. Aquello que se impone soltar. Aquello que nos confirma que es hora de partir.