Vivimos en una sociedad en la que, patriarcado al margen, se nos educa para el buscar y alcanzar el éxito sin que importe demasiado si en tal definición entra qué queremos ser, qué pretendemos de nuestras vidas o cual es nuestra peculiar forma de entender la definición de éxito.

Hay estereotipos prefijados de mujeres y de hombres exitosos -porque, claro está, el éxito es o ha sido hasta hace un minuto y medio, heterosexual- y quien quiera correrse de esos moldes tendrá que evaluar con qué va a pagar los años de terapia que logren desterrar la culpa y otras yerbas que, de inmediato, aparecerán.

El éxito ha sido siempre formar una familia tipo, hacer dinero -cuanto más, mejor- y llevar una vida sin sobresaltos.

En esa lógica, pensar en incertidumbre, miedo, cambio, cuestionamientos y cualquier otra forma de pensamiento que desafíe el status quo preestablecido, no ha tenido lugar. No es posible filtrar nada diferente dentro de ese esquema rígido, simplemente porque cualquier pequeña fisura muestra lo endeble de una estructura que mide la realización humana descuidando partes esenciales de la misma definición de persona.

El caso es que fuimos criados en ese esquema, lo hicimos propio, lo incorporamos a nuestras vidas y aprendimos a convivir con él haciendo un pacto en el que si la cantidad de dinero que ganábamos era suficiente para darnos un buen vivir material, íbamos a hacer la vista gorda y mirar para otro lado a la hora de escuchar los pedidos de nuestro pecho cada vez más oprimido.

Sin embargo, llegó la pandemia, puso todo patas para arriba y -por suerte- tuvimos tiempo suficiente para hacernos las preguntas que veníamos esquivando; la noción cada vez más clara de finitud nos hizo replantear qué estábamos haciendo con nuestras vidas, dónde estábamos poniendo el foco, qué habíamos elegido y qué repetíamos sin pensar, sin desear, sin sentir, sin parar…

Encerrados en cuatro paredes, el ruido de aquel viejo vacío existencial que tapamos durante tanto tiempo, se hizo ensordecedor y tuvimos que escucharlo. Tuvimos que escucharnos.

Se impuso ser valientes para animarse a permanecer sentados frente a ese otro yo nuestro que empezó a contarnos que quería otra vida, que no sabía cuál era, que estaba muerto de miedo pero que ya no había vuelta atrás… que no había lugar para más de lo mismo…

Obviamente, no nos pasó a todos lo mismo… hubo quien fue por más dinero, quien nunca pudo dejar de estar conectado a un dispositivo electrónico y hubo quien se animó a empezar a transitar un nuevo camino en el que todo es incierto, todo es a ciegas, todo es búsqueda…

Un camino, a veces, solitario, en el que -paradógicamente- cuanto más oscura es la noche, con más claridad vemos el sendero, un lugar en el que mágicamente aparecen todo el tiempo señales que nos confirman que vamos por la senda indicada para nosotros, aunque el costo sea alto, aunque muchos viejos conocidos ya no nos conozcan, aunque estemos cansados, aunque a veces tengamos ganas de claudicar, aunque -muchas veces- la tarea que queda por delante parezca faraónica…

Sin embargo, la suerte está echada, ya sabemos que el éxito no tiene color verde, que pensar sin sentir no alcanza, que tenemos sólo un puñado de años para hacer todo aquello que de verdad nos apasione, que cuanto más arriesgamos más posibilidades tenemos de ganar, que lo que mostramos es lo que no necesitamos, que la vulnerabilidad que escondemos es la que nos hace fuertes, que una vida sin sueños no es vida y que el único derecho que no tenemos es el de privarnos de amar y ser amados.