El paradigma en el que fuimos criados, nos educó a unos para la conquista y a otras para ser conquistadas.

Tod@s crecimos escuchando la historia de amor de Romeo y Julieta, por un lado, y por otro, la menos romántica, de Adán y Eva…

Este combo, nos dejó anclados en un universo en el cual, comer una manzana llevaba al infierno y amar equivalía a morir de  y por amor…

Como si eso fuera poco, nos dijeron que solo íbamos a estar y ser completos cuando encontráramos nuestra otra mitad y que el amor –ese tan enorme que todo lo puede- debía durar toda una vida…

La tarea era tan difícil que, obviamente, la sociedad patriarcal, dejó en manos de los varones la tarea de salir a buscar a la mejor mujer posible para que fuera su esposa y madre de sus –muchos- hijos, no sin antes, permitirles probar un poco de cada mujer que se les cruzara por el camino, que –al fin de cuentas- era lógico… sino, cómo elegir entre tantas?

Las mujeres, conscientes de semejante desafío, fuimos criadas para ser las mejores, para gustarle al mejor hombre posible, para ganarle a la de al lado y –básicamente- para ser elegidas, porque, la muerte antes que quedarse sola…

Este juego de conquista, convirtió a los hombres en seductores seriales que aprendieron a decirle a cada mujer, exactamente aquello que sabían iba a provocar el efecto deseado, es decir, conquistarlas.

Les enseñaron que ese ardid emocional, ese juego de palabras intencionado, ese no registro de lo dicho y  lo hecho, formaba parte de lo habitual, del manual de instrucciones que debía desplegarse frente a una fémina, de la impunidad masculina ante el sentimentalismo femenino.

Les dijeron que los caballeros no tienen memoria, que la palabra se sella con un apretón de manos, que la mujer de un amigo tiene bigotes pero no les enseñaron las consecuencias de su depredación a la hora de conquistar personas, como si fueran tierras lejanas. Es más, los felicitaron por acumular el paso veloz por cuerpos que nunca conocieron y exponerlos en charlas de vestuarios como trofeos de guerra.

Nadie les dijo que esa manipulación para conquistar, ese falseamiento de datos, emociones, sensaciones, realidades era un fraude.

No supieron –o no quisieron saber- que eso es mentir.

Y mintieron. Mienten en aras de obtener una conquista que los deja vacíos, que no les da nada más que una cucarda que debería avergonzarlos, que los deja estancados en un permanente lugar de ceguera para con el otro y consigo mismos.

Mienten, se mienten y nos hacen mentir. Nos hacen cómplices de una traición en la cual no se nos consultó si queríamos participar. Nos hacen engañarnos entre nosotras, nos hacen competir, nos hacen mirar con enojo a otra víctima que tampoco supo distinguir certezas de inventos, falsedades de ilusiones ópticas…

Mienten, se mienten, nos mienten e instauran un pacto de silencio que asfixia, que agota, que enoja, que daña, que lastima, que trae adicción hacia malos hábitos, que hace perder la confianza en el otro y hasta en uno mismo…

Mienten porque no entienden, no saben, no se animan, no pueden, no quieren, darse cuenta que entre mentir y sentir hay solo una letra de diferencia, que esa es la medida exacta que separa una cosa de la otra, que sentir es lo único que salva de la mentira.

Mentir es ser cobarde frente a lo que se siente; es no enfrentar lo que no se siente; es tapar con una ¨m¨ la responsabilidad que generan los propios actos, es ser cobarde, es no animarse a jugar con las cartas verdaderas y ponerlas todas sobre la mesa en pos de querer ganar todos los partidos…

Mentir es la mala forma que eligen quienes no saben sentir y no registran lo que siente el/la otr@.

Ya es hora de abandonar a Romeo y a Julieta, de dejar de jugar al gato y al ratón, a príncipes y princesas y entendernos como humanos iguales capaces de decirse las verdades que nos definen, que nos describen, que nos desnudan…

Ya es tiempo de entender que el amor y la guerra no debieran parecerse, que en la búsqueda del amor no vale todo, que los humanos no se conquistan, que no se debería mentir, que se es responsable por lo que se hace y dice y que -al fin de cuentas- sentir es la medida que le da sentido a vivir.

Llegó el momento de entender que no hay lugar para más juegos de palabras, que es hora de aprender a conjugar todos los verbos y hacerse cargo de cada una de las elecciones que se toman, sabiendo que tenemos la enorme posibilidad de elegir sentir sin mentir y que somos responsables de lo que hacemos sentir cuando mentimos.