Las personas físicas humanas hemos sido diseñadas, salvo excepciones, con dos sexos; de ahí en más surgió la historia de los dos géneros, los mandatos, estereotipos y roles asignados a cada uno de ellos, más allá -incluso- del sexo que se tuviera.

Sabemos, hoy nadie puede hacerse el distraído -ni la distraída- que el problema de desequilibrio de géneros es más amplio que una problemática exclusivamente relacionada con nacer mujer. El género es la asignación socio, psico, culturual que se le da a lo femenino y a lo masculino, y en función de ello, el lugar en el que se nos coloca.

Hoy, a raíz del 8 de Marzo, voy a simplificar el tema refiriéndome solo a las mujeres, desde mi condición de tal, sin hacer mayores consideraciones que las que la vida misma nos deja servidas en bandeja a diario, desde que nacemos.

¿Qué es ser mujer? ¿Qué nos diferencia de los varones? Es posible encontrar una distinción que no pase por el aparato genital y nuestra capacidad de gestar, de reproducir la especie?

Si algún lector la encontrara, pido -por favor- me lo haga saber…

Entonces, si lo que nos diferencia es una capacidad que nos pone, en realidad, en un lugar superior -porque nos da el poder de procrear, obviamente con el aporte masculino- cómo es posible que seamos luego -nosotras las que parimos- las que hemos perpetuado a través de la crianza las normas de sometimiento que nos han impuesto?

¿Cómo fue que sucedió que aquellos que no podían ni vernos pujar, nos consideraran el sexo débil? ¿Sobre qué fundamentos lógicos le dimos a nuestros hijos el apellido de un hombre cuya paternidad se presume cuando la maternidad es cierta?

¿Quién tenía el real poder al principio de los tiempos? ¿Es posible seguir pensando que la historia es como nos la contaron?

No habrá sucedido, acaso, que nos vieron tan fuertes, tan poderosas que -hábilmente- nos sometieron con rapidez y, quizá en algún puerperio, nos creímos que, de verdad éramos las débiles, las que no podíamos vivir sin ellos que salían al mundo a conseguir lo que necesitábamos para vivir?

Está claro que no hay motivo alguno para mantener una desigualdad que solo genera malestar, que nos limitó, que nos encasilló en compartimentos estancos en los cuales ninguno de los dos géneros pudo desarrollar todas sus potencialidades.

Hemos caído en la trampa de hombres poderosos que perdieron el alma para conseguir el éxito y la salud para mantener la potencia y de mujeres a las que se las limitó a una parte de mundo que no tenía ventana al desarrollo personal, que obligaba a la espera, la resignación y la entrega.

Nos dijeron, a las mujeres, que no podíamos, que éramos frágiles, que debíamos ser obedientes, educadas, femeninas, guardar las formas; se nos enseñó que las chicas buenas no desean, que esperan a ser elegidas, que deben entender y dar todo por su familia… se nos crió en la competencia con la otra, en la escasez del género masculino, en la necesidad de un marido para ser alguien, en el deseo del vestido blanco y de la casa con hijos, en la dieta permanente, el pelo arreglado, las ojeras tapadas, las arrugas botoxeadas, el culo levantado y la mirada para otro lado ante los cuernos del marido.

Nos dijeron que desear era de putas, hablar más de la cuenta era de locas, y ser demasiado pretensiosa te dejaba sola… de ahí a los pecados capitales, un paso…

Nos dijeron que había que serlo pero también había que parecerlo, que había que tener paciencia, no contradecir, entender, hacer mucho de lo que nadie paga ni nadie ve, ni valora porque eso -lo que se consumía a diario- era lo que alimentaba a nuestra familia y, era tan importante que solo nosotras podíamos hacerlo y justamente por eso, era tan valioso que no tenía valor económico… nos vendieron espejitos de colores y no tuvimos opción…

Les dieron a los varones la obligación de mantenernos, de mostrar su permanente potencia sexual, no les enseñaron a sentir ni a expresar su emocionalidad, pero les permitieron estar cansados a la vuelta del trabajo, ponerse de mal humor, tener alguna que otra escapada con otra mujer, mantener sus días de fútbol, sus temas de hombres, disponer del dinero y de la toma de decisiones grandes…

Dividieron al mundo… ellos manejaron el afuera, el poder, la caja grande, las decisiones, el dominio, la razón; nosotras nos quedamos con el reino del hogar, las decisiones chiquitas, los chicos, la caja chica, las emociones y fuimos dominadas… nos quedamos con una porción chiquita del mundo. Fuimos las reinas de un mundo de cacerolas y pañales, en el que había tanto por hacer que tardamos siglos en darnos cuenta que la maternidad no era el único destino posible, que estudiar nos liberaba y que había un mundo desconocido si abríamos la puerta y nos permitíamos salir, -no ya para ir a jugar-, sino para andar libremente por donde nos llevaran nuestros propios pasos.

El mecanismo estuvo tan bien aceitado que fuimos nosotras mismas las perpetuadoras de los cimientos del sistema que nos oprimía, criando miles de generaciones que reprodujeron el mismo patrón patriarcal.

Esta desigualdad, de por sí insostenible, intolerable, injusta, trajo como consecuencia -casi lógica e inherente- el ejercicio de un dominio con un algo grado de discriminación y violencia. Violencia de todo tipo.

Una violencia ancestral, -tan antigua como el miedo-, que hemos aprendido a detectar en tiempos recientes.

Una violencia que está instalada en los cimientos de la sociedad, de los vínculos, de las relaciones de familia. Una forma de relacionarnos en la que, esa desigualdad de géneros, que no logramos superar, coloca al varón en un escalón superior desde el cual hace lo que se le antoja del modo que se le ocurre y bajo las formas que le vienen en ganas.

El patriarcado es violento por definición, porque la desigualdad de géneros que -por lógica- genera dominio de uno sobre otro, es de por sí una forma de violencia, de sometimiento. Hay uno que hace lo que quiere, que no pide permiso, que decide, que domina y otra que obedece, pide permiso, no toma grandes decisiones unilaterales… Es un juego asimétrico que establece vínculos y formas de relacionarse en las que las cartas no se reparten igual para todos… tiene una trampa que lo envicia de base…

Señoras y señores, ya basta de hacer trampa. Juguemos limpios. Ya es hora de barajar y dar de nuevo, de repartir cartas sin guardarse el as bajo la manga…

Ya es hora de compartir el poder y el cuidado de los hijos, las decisiones y las tareas de la casa, los espacios de representación y los trabajos que nadie quiere hacer…

Ya es hora de hablar frente a frente, de igual a igual.. de sostenernos la mirada sin desafiarnos y sin temernos…

No hay más excusas para aceptar que otro u otra nos diga qué hacer, ni cuándo, ni cómo; para que opine si no pedimos su opinión, para que nos califiquen, nos señalen, nos coloquen en su cuadrado chiquito y limitado.

No es posible seguir negando una igualdad que no tiene -siquiera- necesidad de ser fundamentada.

Se impone, sí, dejar de tratarnos como enemigos, de abrir grietas que conducen a nada, de pretender coincidir en todo o lograr cambios radicales inmediatos.

Es hora de dejar de culparnos unos/as a otros /as porque no pensamos distinto, porque somos tal o cual cosa… es hora de dejar de etiquetarnos, de entender que hay espacio para todos y todas y formas para que cada quien viva como le plazca vivir… llegó el tiempo de entendernos como humanos que conviven en un único universo, que depende de un trabajo común, llevado a cabo en base a consensos elaborados sobre disensos.

Es momento de asumir que somos iguales aún en la diversidad, que la inclusión no es el uso de la ¨e¨ sino la aceptación real, auténtica, de las diferentes formas de pensamiento.

Es hora de entender, de una vez por todas, que el feminismo no es más que una forma de pedir la igualdad, que lograr la igualdad de derechos -que debimos haber tenido siempre- no implica que todas tengamos que vivir del mismo modo, pero si da la posibilidad de que quien sí quiera ejercer un derecho que le corresponde, pueda hacerlo.

La amenaza, señoras y señores, no es el feminismo, la amenaza es la estrechez de pensamiento, es la mirada unidireccional de la vida, es la imposición de ideas, formas de pensar y de vivir, es el empobrecimiento mental, es la falta de apertura hacia lo nuevo que -por diferente- amplia la perspectiva y enriquece.

Es hora de unirnos -mujeres y varones- para hacernos la vida más fácil, para permitirnos ser en las formas que nos fueron vedadas, para entrelazarnos realmente, para llorar unos y gobernar otras, para intercambiarnos en los roles, para lograr una flexibilidad que nos permita salir de roles de género que nos han enquistado en modelos obsoletos que nos han costado años de terapia y que aún no pudimos desandar.

El #8M viene a interpelarnos para abandonar una forma que no resiste más, un modo de vivir que hace daño, que no puede ser convalidado ni un minuto más, un atropellamiento que no vamos a seguir permitiendo, porque ya fue suficiente, porque no hay excusas, porque ya no tenemos miedo, porque ya nos maltrataron demasiado, porque somos muchas, porque estamos juntas, porque no puede morir ni una más.