Cada pareja que tuvimos habla de nosotros, nos habita, nos define, nos trajo hasta acá. Y, una parte nuestra, queda -de alguna manera- en cada una de esas personas.

Así como el agua de un río no es dos veces la misma y el tiempo que transcurre es irrecuperable, nosotros no somos dos veces las mismas personas. Somos, en parte, la suma de lo vivido con cada una de las personas que nos importaron y a las que les importamos.

Somos cuánto quisimos y cuánto nos quisieron.

Cada ¨te amo¨ dicho o escrito por alguien que compartió con nosotros parte del viaje, esconde el susurro dicho a quien éramos en aquel entonces, guarda lo que sentimos en aquel momento, lo que supimos dar, lo que pudimos recibir.

Cada trozo de vida compartido con otro, que fue -no importa por cuanto tiempo- portador de todos los lugares comunes en los que caemos los humanos emparejados, es un fragmento de ese incalculable número de historias que forman la película de nuestra vida.

Porque, finalmente quien nos acompaña -y a quien acompañamos- durante un trayecto del viaje se transforma, para siempre, en la otra cara de nosotros mismos en aquel momento. Nos acordamos de quienes éramos porque nos recordamos lo vivido, recordamos la cara del otro, las palabras dichas, los mensajes recibidos, los gestos, las discusiones, las risas, los llantos.

Somos en cada una de las anécdotas que nos tuvo por protagonistas de esa biografía que nadie va a escribir…

Cuando las historias terminan, uno se empeña en acomodar la memoria dentro de la medida de los recuerdos que justifican la distancia. Llega el enojo, el desencanto y el convencimiento de haber aprendido algo, de haber crecido.

Y es verdad que crecemos con cada final y con cada nuevo principio que nos animamos a encarar. Somos, quizá, la medida de las frustraciones que sobrellevamos y las nuevas apuestas que conquistamos.

También es verdad que se puede crecer en pareja. Probablemente sea lo ideal, o no… yo no lo se…

Sí se que, a la hora de hacer repaso de lo andado, el tiempo -que todo lo suaviza- curiosamente deja intactas imágenes, frases, miradas, sensaciones que uno creía olvidadas.

Con el tiempo se recupera la memoria de lo bueno que -quizá por autopreservación- uno se empeña en olvidar.

El tiempo renueva, también, las despedidas.

Y es a la hora de la despedida final, que todo adquiere un particular sentido. Ya no hay luces y sombras, hay solo gratitud a la vida, a la memoria, a lo vivido, lo sentido, lo transitado.

Finalmente, uno tiene la certeza de saber que todo valió la pena, que era imprescindible para llegar hasta acá, que no había otra manera de construir este presente.

Es entonces que uno aprende que partir -a veces- es la forma de quedarse. Que quien parte, se lleva algo de uno y, a la vez, se queda en uno para siempre. Y solo hay paz.