Venimos de un paradigma patriarcal que  transmitió, de generación en generación, una serie de mandatos hegemónicos que han perpetuado estereotipos para cada género.

Hemos aprendido a encajar en esos moldes para quedar dentro de la familia a la que pertenecemos, para ser aceptados en los trabajos a los que aspirábamos, para pertenecer a una sociedad de la que somos –indefectiblemente- parte.

Caímos en la trampa de creer que la no adecuación a esos mandatos hegemónicos que nos imponían formas predeterminadas para ser y vivir, nos iba a excluir de la sociedad y no nos dimos cuenta que la sociedad no es una abstracción ajena a nosotros; todos somos parte de ella, le pese a quien le pese…

Está en nuestras manos la posibilidad y responsabilidad de construir una sociedad que acepte todas las diversidades que el género humano es plausible de presentar, las respete, incorpore y represente en nuevas formas de identificación que nos abarquen a todos/as sin diferencias de ninguna índole.

La bandera enarbolada por el feminismo ha sido, probablemente, el primer gran golpe para esos estándares inamovibles que marcaron, por siglos, como ser, pensar, vivir y sentir según el género que se porte.

El movimiento que hemos iniciado las mujeres, en esto de corrernos del lugar que nos había sido asignado, trajo –cual efecto dominó- una serie de consecuencias que modificaron, también, la forma de ser varón, el modo de pensar la familia y de criar a los y las hijos/as… en fin, el modo de ser como ser social…

Cuestionar al patriarcado en sus bases, normas y formas trajo consigo una interpelación a nosotros/as  mismos en todas las áreas de nuestra vida; hemos empezado a replantearnos –hombres y mujeres- qué estamos haciendo con nuestras vidas y nos estamos atreviendo a tomar decisiones que jamás hubiéramos imaginado.

Cuestionar al patriarcado es cuestionarnos.

Cuestionarnos es poner en duda todo lo aprendido, es sacar de su lugar cada compartimento estanco en el que nos han dicho como ser en cada uno de los roles predeterminados que nos enseñaron y cuya forma se esperaba que cumpliéramos, para tomar distancia de cada uno de ellos, mirarlos, -mirarnos-, vaciarnos de todo y empezar a llenarnos con aquello que seamos capaces de elegir para nuestras vidas.

Este desandar caminos nos ha interpelado a aprender palabras que no teníamos en nuestro vocabulario, a encontrar el significado de las que sí usábamos y a conjugar verbos en primera persona para adueñarnos de todas nuestras posibilidades de realización.

Hemos roto el modo hegemónico de ver el universo, la vida, la sociedad, la familia, la femeneidad o masculinidad, la sexualidad… hemos empezado a entender que solo podemos ser iguales aceptando las diversidades e incluyéndolas en un todo que se enriquece con esa integración.

Hemos iniciado el proceso de cambio de formas, hemos dado los primeros pasos que nos han hecho romper con viejas cadenas; sin embargo, este proceso –que, sin dudas, llevara mucho tiempo- requiere de la toma de algunos recaudos.

Quizá el primer punto a tener presente es que desandar una tiranía, en la que el poder estaba detentado por los mismos que imponían sus formas al resto, no puede llevar consigo –cual vicio de origen que necesariamente lo va a anular- el mismo defecto que intenta destruir.

Deconstruir viejos mandatos nos impone la condición de tener por premisa no imponer mandatos diferentes pero -por definición- igual de hegemónicos; la deconstrucción es una toma de consciencia personal, en la cual cada quien desarma sus propios formatos y los vuelve a armar como le plazca, dándoles el contenido que –para su personal modo de ver la vida- le resulte más apropiado en el camino de su realización individual.

Tirar por tierra viejos estereotipos que nos han esclavizado a roles de género predeterminados para encajar en lo que se esperaba de nosotros, para ser aprobados por nuestras familias, para pertenecer a ese pequeño sector del mundo en el que transcurre la vida de cada uno de nosotros, no puede –de modo alguno- traer consigo, la demonización para con quien quiera vivir una forma que –a la luz de los tiempos que corren- pueda parecer antigua.

Desarmar mandatos es animarse a hacerse todas las preguntas que cada quien sea capaz de formularse, es repensarse, descubrirse y redefinirse para ser más libre, más uno mismo.

Romper viejas hegemonías es entender que queremos vivir en un mundo de aceptación de las individualidades diversas en el que cada quien pueda ser aquello que desee ser, del modo en que pueda o quiera hacerlo…

Desandar hegemonías es dejar de juzgar, es mirarse a uno mismo antes de mirar al otro/a, es aceptarse y aceptar, es tener humildad para saberse limitado y entender la limitación del otro/o, es permitir que cada quien elija lo que le venga bien y permitirnos hacer tantas elecciones diferentes como necesidades diversas vayamos sintiendo a lo largo de la vida…

Deconstruir hegemonías es permitir –y permitirnos- ser en cualquier forma que no dañe a terceros, es asumir que cada mirada es personal, única e intransferible, es tener la empatía suficiente para disentir con la elección del otro/a , respetarla y –si fuera necesario- apoyarla y  hacerla valer…

Tirar por tierra las formas hegemónicas que nos han enseñado como valiosas no es imponer otras, es aceptar –incluso- que, desde la libertad, puede haber quien elija quedarse en esas viejas formas que –quizá-a nosotros no nos sirven.

Desandar los caminos impuestos por mandatos hegemónicos es asumir que no hay camino, que cada quien dará los pasos que crea oportunos, en la dirección que desee, en el momento que elija…