Domesticar a un animal implica acostumbrarlo a nuestras formas como para que pueda convivir con nosotros en nuestro ámbito.

Sin embargo, incluso entre personas, usamos cierta forma de domesticación para adecuar al otro a cierta forma de ser, actuar, pensar, hablar, etc…

Inevitablemente, la crianza y educación, implican -en cierto sentido- hacer cierta ¨domesticación¨, incluso para darnos una forma que -tal como diría Saint Exupéry, en El Principito- nos permita crear lazos con nuestro entorno afectivo.

En esa domesticación, imprescindible para hacernos crecer dentro de determinados límites, nos domesticaron -también- el deseo; le dieron forma, encauzándolo en márgenes delimitados según aquello a lo que se suponía que estábamos llamados a ser.

A los varones, les cedieron el monopolio del deseo carnal, los educaron para ser expertos catadores, para probar, para autoafirmarse en cada conquista y luego elegir a una mujer que reuniera los requisitos necesarios para formar una familia en la que, a una le quedaba el rol de ser una buena compañera y madre cuidadora de lo común y al otro le quedaba la carga de abastecer.

Porque, como obviamente, nada es gratuito en esta vida… el costo de esa libertad en el uso y goce del deseo era no poder desear ser cualquier cosa…

A esos varones se los educó en una masculinidad hegemónica que les imponía desear el éxito material, ese que se mide según la adquisición de los bienes que se logre tener, el que exige ganar dinero aunque luego no quede tiempo para disfrutarlo…

Se les concedió el deseo chiquito, el efímero, el carnal, pero se los privó del deseo a soñar en grande… porque, qué hubiera pasado con esta sociedad patriarcal, si todos esos varones productivos se hubieran podido preguntar -de verdad- qué querían ser?

¿Qué sería de esta sociedad capitalista, consumista, sin los hombres que no tienen otro destino más que la producción de ganancias? ¿Qué nos venderían si nosotros dejáramos de pasarnos la vida ganando lo suficiente para comprar bienestar? ¿Cómo se mediría el éxito de hombres que deseen ser algo que no es redituable en términos económicos?

A las mujeres se nos negó el deseo; nos enseñaron a conjugar otros verbos… se nos educó para ser deseadas, deseables, para ser lo suficientemente buenas como para ser elegidas… se nos crió en la privación de un deseo que nos transformaba -paradógicamente- en indeseables para ser elegidas como madres y esposas…

En esa repartición de compartimentos estancos, el deseo físico -el que se escribe con letras minúsculas- se atribuyó como característica incompatible con la definición de ¨chica bien¨y se asoció como sustantivo puesto en práctica sólo por aquellas que hacían del sexo su oficio o las que -aún sin cobrar- eran descalificadas por atreverse a pisar tierras vedadas.

Se nos encorsetó en un formato en el que había que regular el punto exacto de provocación porque si la pollera era demasiado larga nos transformábamos en mojigatas a las que nadie iba a elegir, pero, si era demasiado corta, nos convertíamos en chicas fáciles -esas que se elegían para pasar sólo una noche-, por lo tanto, tampoco aplicables para la gran selección final…

Aprendimos a ser artistas en el arte de encontrar el punto exacto del largo que debía llevar cada pollera, el lugar justo en el que se diluía el límite entre la provocación, la insinuación y el pudor, el modo de hacer coincidir la apariencia con aquello a lo que estábamos llamadas a ser… Porque, claro está, todo era -en principio- una cuestión de formas… Había que serlo, pero -mucho más- había que parecerlo…

Con el paso del tiempo, ese primer arte se convirtió en la adquisición de una nueva habilidad para ser una dama puertas afuera y una prostituta en la cama de nuestros maridos… Y, en ese juego dialéctico, el deseo seguía sin aparecer… Porque, seamos claros, las prostitutas no desean… trabajan para satisfacer el deseo de quien les paga…

Nos privaron también del deseo en mayúsculas… ese que hace soñar con escenarios que no entran en los límites de la casa que nos tenía por reinas… fuimos lo que debíamos ser…

Es decir, en esta aparente lucha entre los géneros, no nos damos cuenta que nos han domesticado a todos por igual, a cada quien con un tipo de limitación, con una forma precisa, pero igualmente limitante en ambos casos…

Todos hemos crecido, no es tiempo de andar esquivando responsabilidades ni de endilgar culpas… sí, quizá sea hora de asumir que, somos -generación tras generación- el fruto de un paradigma social que nos ha domesticado en formas que permitían perpetuar un status quo patriarcal comandado siempre por los mismos…

A unos y otras nos han privado de desear en libertad, sin los condicionamientos de aquello que se esperaba de nosotros…

Nos han domesticado -incluso- en el deseo. Así, nos han domado el deseo, nos han dado lo que se suponía que teníamos que desear y nosotros lo tomamos sin chistar, sin cuestionarlo, sin poner en duda si era lo que realmente queríamos de nosotros mismos para nuestra vida.

Es hora de asumir nuestra responsabilidad, de repensarnos, de desandar los caminos que nos atan a lugares que no nos sientan bien, de soltar lo que pesa, de dejar de usar palabras que dañan, de dejar de creer que los límites que nos pusieron existen de verdad y de comprar formatos que se venden al por mayor, de dejar de usar ropas que no nos sirven porque no son propias, porque las heredamos… es hora de asumir que el deseo se construye desde el propio conocimiento de uno mismo, desde la aceptación de las propias falencias y el descubrimiento de los talentos que nos hacen únicos…

Legó el tiempo de hacerse cargo de las imperfecciones que nos constituyen, de adueñarnos de nuestra luz para iluminar nuestras propias sombras, de reconocer nuestros miedos y enfrentarlos para ser libres de nosotros mismos… nos debemos el regalo de descubrir aquello que nos hace ser irreemplazables, no porque seamos imprescindibles sino porque solo cada uno de nosotros puede hacer en este mundo aquello que tiene por misión a realizar…

Se impone entender que somos los únicos artícifes de las limitaciones en las que creemos y los únicos responsables del proceso que nos permita transformarnos en aquello que nos venga en ganas ser … urge asumir que el momento es hoy, que hacernos cargo o no de la capacidad de desear que -sin dudas- tenemos intacta, depende solo de nosotros, de nuestra habilidad para enfrentar viejas formas y hacernos cargo del costo que eso implique porque -también será para nosotros- la conquista de ese nuevo terreno en el que la libertad ganada tenga por único límite la afectación del bienestar del prójimo.