Cuando Friedrich Nietzsche puso en boca de Zaratustra la frase ¨Dios ha muerto¨, para fundamentar gran parte de su pensamiento, nunca imaginó que tal premisa metafórica podía hacerse efectiva dos siglos después.

Cuando, en medio de la Revolución Cubana, Ernesto Guevara le escribía una carta a su madre y terminaba pidiendo -casi rogando- que Dios fuera argentino, jamás imaginó a un compatriota encarnando tal papel.

Sin embargo, en 1986, los argentinos -que siempre tuvimos un Dios propio que atendía en Buenos Aires-, sentimos que Dios -por fin- estaba haciendo justicia y lo encarnamos en un hombre dotado para hacer de un gol una epopeya.

Estábamos dando los primeros pasos en una democracia incipiente y hacía poco que habíamos transitado una guerra absurda, innecesaria y que nunca fue explicada…

Habíamos sido campeones de un mundial que tenía el sabor amargo del slogan que nos proclamaba como derechos y humanos, teníamos sed de gloria y pudimos saciarla gracias a la habilidad futbolística -casi sobrehumana- de un hombre al que transformamos en Dios…

Ese 29 de Junio de 1986 un pueblo entero amó al hombre que levantó la copa del mundo del Mundial de México y lo convirtió en Dios…

Por fin, no sólo éramos -por derecho propio- los mejores del mundo, sino que -además- teníamos al mejor del mundo… y, para estar a la altura de nuestra grandilocuencia, nos tomamos la arrogancia de adueñarnos de Dios y hacerlo hombre…

Vinieron otros mundiales, pasó el tiempo, ese hombre mostró que era simplemente un mortal común con el don de hacernos vibrar cada vez que tocaba una pelota de fútbol; sin embargo, nos dedicamos a mirar su vida fuera de la cancha y a juzgarla como si alguno de nosotros supiera qué puede significar para alguien criado en la vulnerabilidad de Fiorito -cuyo destino hubiera sido la invisibilidad- transformarse en el hombre más conocido del mundo en una era en la que ser famoso no era tener followers sino congregar a personas de carne y hueso pidiendo una foto en cualquier país del mundo…

Creamos a un Dios tan enorme que, desde ese momento hasta hoy en día, ser argentino -incluso en los lugares más recónditos de la tierra- equivale a ser relacionado con Maradona.

Ese hombre, el que encarnaba lo mejor y lo peor de los argentinos, el que había sido Dios, el que era sobrenatural en una cancha de futbol y un mortal con falencias -como cualquier otro- cuando estaba fuera, murió hace unos días y volvió a dejar expuesto lo mejor y lo peor de nosotros mismos.

Maradona no nació ídolo, nosotros lo idolatramos… él nos dió la gloria en una cancha de fútbol y nosotros lo convertimos en Dios para que la gloria nos acompañara para siempre…

Ese hombre, que de otro modo nunca hubiera pasado la barrera de la visibilidad en una sociedad que difícilmente lo hubiera tenido en cuenta, se convirtió en la persona más famosa del mundo; ese hombre que podía hacer milagros con una pelota, no pudo con su vida…

¿No es lógico que no haya podido? ¿Nos hubiera importado si nunca hubiera salido de Fiorito? ¿Por qué le exigimos tanto a un simple jugador de fútbol? ¿Teníamos derecho a pedirle que -además de genio del fútbol- fuera un ejemplo de moral y buenas costumbres?

Sin ánimo de entrar en detalles, me permito preguntar: es posible juzgarlo? No encierra -al menos- una enorme hipocresía juzgar a un hombre cuando uno es partícipe de su construcción como tal? ¿No es imperdonable cuestionar la vida de alguien cuya vida no nos hubiera importado si no lo hubiéramos convertido en ídolo?

Maradona, amado, criticado, odiado, venerado, ha sido -quizá- la expresión más contundente del ADN argentino y -a la vez-, guste o no, constituye parte de cada uno de nosotros…

Maradona representó ese talento casi sobrenatural de muchos argentinos, la pasión, la picardía ante la oportunidad, el esfuerzo, la posibilidad de soñar y cumplir ese sueño, de otros tantos y -a la vez- la soberbia de casi todos, los excesos, la prepotencia, la falta de cuidado de algunos… pero siempre, en todas sus facetas, fue pueblo…

No era un Dios cualquiera, era un Dios popular al que todos pudimos alabar en épocas de gloria pero al que muchos empezaron a odiar en el ocaso…

Y, en este punto, quizá sea oportuno hacerse otra pregunta: qué es lo que verdaderamente no se le perdona a Maradona? No se le perdonan sus excesos, sus hijos no reconocidos? O no se le perdona su postura política? Molestan sus idas y vueltas con tantas mujeres o molesta su coqueteo con Fidel, Chávez y Cristina?

En este país en el que para casi todo tenemos el bando que está a favor y el que está en contra, probablemente la gran fisura insalvable que nos atraviesa desde siempre es la que marca la línea divisoria entre popular y elitista, entre pobres y ricos, entre blancos y morochos, entre in y out…

Hoy esa línea está tristemente agrandada por una grieta sostenida por aquellos a quienes le conviene que exista, pero -a decir verdad- esa grieta existe aún desde antes de Perón y se replica en casi todos los ámbitos…

Por qué nos cuesta tanto vernos inclusivamente como integrantes de un conjunto formado por diversidades? Por qué esa mirada odiosa para con quien no es igual, no piensa igual, no cree en lo mismo? Por qué esa incapacidad para pensarnos como pueblo celeste y blanco? Por qué en Argentina -el país de la lengua inclusiva- los términos patria y pueblo no incluyen a todos los integrantes de la sociedad?

Probablemente aquel viejo pasado de gloria, en el que -de no haber cometido pecados parecidos a los que criticamos ahora- nos dejó la sensación de ser superiores al resto de América Latina… es posible que, en algún momento lo hayamos sido y podríamos -incluso- serlo hoy en día si no hubiéramos sido tan soberbios de pensar que ser blancos y dueños de miles de kilómetros de tierra fértil nos habilitaba a viajar a Europa con una vaca a cuestas…

Ese pecado de nuestros predecesores, que les hizo pensar que podían construir una nación sin incluir lo diverso, nos hizo sentir europeos, poner la mirada en el viejo continente y forjar una nación sin cohesión a la hora de hablar de identidad real…

Porque somos kirchneristas o antikirchneristas, peronistas o antiperonistas, porteños o del interior, chetos o grasas, empresarios u obreros, pobres o ricos, blancos o morochos, dueños o inquilinos… y la lista sigue… estamos siempre de un lado o del otro y no nos damos cuenta que el que está enfrente nos está diciendo algo de nosotros mismos… que aquello de ¨patria es el otro¨ encierra simplemente un principio largamente analizado por la filosofía, porque -siempre- el otro, el diverso, es -en definitiva- el que nos trae devuelta a nosotros mismos…

Todavía no entendimos que el mundo, cuando nos mira, no ve la parte de esa Argentina privilegiada que viaja por el mundo pensando que nos ven como si fuéramos del primer mundo… no nos dimos cuenta que para el mundo somos lo que no queremos ver, somos esa mitad de la Argentina que no tiene casi nada, somos el sur de Latinoamérica, somos pobreza y desocupación… para el mundo somos el recuerdo de una gloria que pasó, una sucesión de fracasos y excesos que nos dejaron en una decadencia que parece no tener final… en fin, somos lo que no pudimos ser…

Somos una mezcla de contradicciones y enfrentamientos que nos limitan, que no nos permiten adueñarnos de nuestros íconos porque -como pasa en todas partes- son, por definición populares y el Argentina la popularidad está mezclada con la política por encima de la bandera…

Todos los países del mundo tienen partidos bien opuestos, sin embargo, saben que la identidad nacional, que los ídolos que los representan, los héroes que forjaron sus historia, están por encima de esa división… en Argentina, donde -para el feminismo- lo personal es político, se confunde pueblo con partido político, se mezcla ideología con nacionalidad y, entonces, tenemos una Santa para media nación, un Papa sólo para algunos y un Dios al que -probablemente- el mayor pecado que no se le perdonó es que haya sido peronista…

Dios ha muerto y no pudimos organizar su velatorio civilizadamente, hemos elegido dirigentes políticos que no han estado a la altura de guardar sus mezquindades sólo por unas horas, no hemos sido capaces de estar todos de acuerdo en que el luto se imponía y hemos viralizado fotos que jamás debieron ser tomadas…

Ojalá el pensamiento de Nietzsche sea correcto y la muerte de Dios nos permita convertirnos en aquello que podemos ser.

Ojalá podamos reaccionar y darnos cuenta que el camino a la gloria requiere de una construcción lenta en la que participemos todos y todas, entendiendo que ya nadie va a venir a redimirnos porque hemos -incluso- matado a Dios.