Mujeres y varones estamos asistiendo a una época de cambio de paradigma, en el cual, los antiguos preceptos que regían al mundo patriarcal están siendo cuestionados.

Las mujeres estamos abandonando aquel lugar de sometimiento y obediencia que nos tuvo por reinas de un hogar en el cual, finalmente, el reinado era masculino…

Esta búsqueda de una igualdad de derechos y oportunidades, nos encuentra -todavía- andando un camino lleno de dificultades, más sobrecargadas que antes y, muchas veces, más solas…

El movimiento femenino -al que le falta tanto por conseguir- ya no tiene vuelta atrás en el cambio social que ha producido; sin embargo, tanto mujeres como varones, parecemos -muchas veces- personajes de una comedia de enredos, en la que nadie está en su lugar y en la que resulta difícil entenderse…

Quizá el primer mal entendido arranca -incluso- dentro del mismo género femenino, en el cual, no todas buscamos el mismo punto de igualdad, ni logramos ponernos de acuerdo en apoyarnos en las disidencias… lo de la sororidad femenina está funcionando a medias, no tanto porque no sepamos ser amigas entre nosotras, sino porque -aún hoy- no logramos consensuar el contenido que define a la palabra feminismo.

De modo tal que, no todas estamos comunicando el mismo mensaje, no educamos a nuestros hijos con los mismos principios y, mucho menos, nos vinculamos con un criterio unívoco con nuestros pares varones…

Frente a este escenario, demás está decir que, los varones -ya desorientados frente al cambio en el género opuesto- no logran entender qué tienen que hacer frente a estas nuevas mujeres y mucho menos, pueden incorporar los principios que les permitan deconstruir el modelo de masculinidad hegemónica que les fue dado como única alternativa para ser varón.

Unos y otras crecimos absorbiendo mandatos rígidos aplicables según el género que portáramos.

Los mandatos fueron moldes rígidos que se nos enseñaron como único modo de habitarnos y respecto de los cuales no se nos pidió consentimiento alguno a la hora de su aceptación, lo cual nos hizo crecer sin saber qué hubiéramos sido de haber desplegado los dones que nos definen o nuestra individual forma de percibir la vida.

Para complicar más el panorama, estos mandatos compartidos por ambos géneros tenían contenidos muy diferenciados para mujeres y varones; vale decir, se nos dieron datos partidos según el género, de modo tal que nadie quedara formateado con habilidades contrapuestas y que todos -y todas- estuviéramos destinados a buscar en el género opuesto lo que nos fue negado.

Así, a las mujeres se nos enseñó a gustar para ser deseadas y retener a esos seres escasos, necesarios -casi imprescindibles- para nuestra realización y a los varones se les enseñó el arte de conquistar y huir en búsqueda de otra presa, porque la abundancia de oferta les permitía elegir luego a la destinataria de un deber de protección para toda la vida…

Nos enseñaron que no alcanzaba con ser, sino que había que parecer… y cada género tuvo su carga; a nosotras se nos concedió el terreno de la sensibilidad, la obediencia, el cuidado de lo cotidiano y a ellos el dominio del dinero, la razón y el sexo. Nosotras quedamos encerradas en la afectividad y ellos excluídos de poder expresarla… así, entablamos diálogos en los que nosotras decimos lo que sentimos y ellos -si logramos que hablen- dicen lo que piensan…

Nos enseñaron a morir de amor era una metáfora romántica digna de Shakespeare y en nombre del amor, finamente, nos matan…

A nosotras nos enseñaron a decir que sí y a ellos no les enseñaron a recibir un ¨no¨ por respuesta… nos enseñaron a hacernos cargo, incluso de provocar con una minifalda, y a ellos les enseñaron a encontrar justificaciones y soluciones…

A los varones les enseñaron que los caballeros no tienen memoria y en ese olvido nos condenaron a ser las portadoras del calendario y sus celebraciones; se nos dió la titularidad de los recuerdos familiares y a ellos la pluma para escribir la historia…

Nos dijeron que maduramos antes y eso nos hizo ser consideradas viejas antes que nuestros pares masculinos…

A las mujeres se nos crió en la individualidad del juego con muñecas y a los varones en el grupo de partido de fútbol; se nos hizo creer que la amistad masculina era superior a la femenina y en el convencimiento de ese sofismo, tardamos mucho tiempo en darnos cuenta que sí podemos ser amigas, que las que nos salvan son siempre otras mujeres y que, quizá, aquel equívoco, no era tan inocente, porque -finalmente- agruparnos es lo que nos hace poderosas…

Nos hicieron cuidadoras y a ellos proveedores; así, ellos solamente logran ¨ayudarnos¨ pese a que ante cualquier duda siempre pueden ¨explicarnos¨ que tenemos que hacer…

A ellos se les enseñó que la potencia sexual determinaba su virilidad y a nosotras se nos negó el deseo…

Hemos logrado -por suerte y con mucho esfuerzo- poner patas para arriba todas esas premisas, pero aún no encontramos la manera de reemplazar los viejos esquemas por otros que nos queden bien a las unas y los otros…

Pareciera que nadie está del todo cómodo y cada quien busca el modo de resolver esa maravillosa incomodidad con las herramientas que encuentra a mano o que es capaz de conseguir…

Probablemente el desafío que nos presenta la construcción de este mundo más igual, inclusivo de las diferencias y permeable a las disidencias, está en consensuar, en conjunto, las nuevas bases de un modelo que conjugue armónicamente los datos que unas y otros podemos aportar para poder ejercer el derecho de ser lo que se nos ocurra ser y de vivir del modo que a cada quien le plazca sin otra limitación más que el respeto por el otro y la responsabilidad por los propios actos.