Lo que aprendemos nos determina. Vemos el mundo a través del prisma que nos enseñaron a usar, lo miramos según el paradigma en el que nos formaron, según el modo en el que nos enseñaron a ser.

A mujeres y varones, nos han educado según lo esperable para cada género y en esa educación diferenciada empieza el primer mal entendido.

Nos han hecho creer que hay modos de habitar la vida según el género que se porte, nos hemos convencido de tener habilidades diferentes y –con el tiempo- potenciamos el equívoco transformándonos en seres emocionales o racionales según el color rosa o celeste que nos pusieron al nacer…

A los varones les enseñaron que los hombres no lloran, que los caballeros no tienen memoria, que debían ser fuertes, proveedores, potentes, hablar poco, decir lo justo y poder siempre; les inculcaron el valor de la amistad, les dieron el poder de la conquista, la sensación de abundancia y el poder de mando…

A las mujeres nos enseñaron a sentir, a ser comprensivas, contenedoras, a poner en palabras; nos dijeron que solas no podíamos, que la maternidad era el destino y la familia el baluarte, nos educaron para soportar, remendar, entender, perdonar, nos dijeron que necesitábamos a un hombre al lado y, a la vez, nos hicieron saber que eran un bien escaso al que había que cuidar… nos enseñaron que no bastaba con ser sino que había que parecer…

Crecimos, nosotras emocionales, ellos racionales; nosotras queriendo hablar, ellos escondidos en el silencio; nosotras recordándolo todo, ellos sin memoria… aprendimos a jugar un juego en el que usamos vestimentas que nos dieron y que muchas veces nos quedan incómodas… quedamos atrapados en un modo binario de ver el mundo que nos deja incompletos y que –muchas veces- nos priva de la posibilidad de entendernos.

Entender –que viene del latín ¨intendere¨, compuesto por ¨in¨que significa ¨dentro¨ y por ¨tendere¨ que equivale a estirar- es dirigirse al conocimiento de algo para incorporarlo a la propia estructura mental con una intención comprensiva.

Entender no implica, necesariamente, comprender; para entender basta con percibir el significado, comprender requiere hacer propio lo entendido y actuar congruentemente con ello.

Entendemos el mundo  según el modo en el que nos enseñaron a mirarlo, lo vemos según la subjetividad de nuestra mirada y bajo el prisma del formato en el que nos educaron.

Esta educación binaria según el género nos ha hecho ver el mundo de dos maneras diferentes, dificultando el entendimiento y la comprensión del otro.

En tiempos en los que las mujeres hemos puesto patas para arriba el paradigma patriarcal, los malos entendidos han ido en aumento porque a la diferencia estructural de crianza según el género, se le suma el reacomodamiento que estamos haciendo en aras de lograr una igualdad que nos es debida.

Entender es tender un puente que nos comunica con el otro, un puente que tenga doble mano para que pueda ser transitado de uno y otro lado.

Hemos sido formados para dominar el cerebro solo por mitades; el  hemisferio emocional quedó como patrimonio de las mujeres y el racional como terreno de los varones, lo cual nos ha complicado bastante…

En tiempos en los que las mujeres estamos reconociéndonos como seres habilitados a hacer uso de las capacidades racionales que nos han sido negadas, los varones –en cambio- no están teniendo la posibilidad de desarrollar sus habilidades emocionales… se están quedando atrás y la comunicación se está haciendo cada vez más compleja…

Sumamos un mal entendido a otro porque no sabemos, no podemos o no nos animamos a hablar el mismo idioma… no nos animamos a hablar de verdad… a mostrarnos en nuestra vulnerabilidad… a exponer nuestras heridas y entender que sólo reconociéndolas vamos a ser capaces de sanar…

Nos encerramos en nosotros mismos y  por no mirar al otro, quedamos atrapados en el laberinto de miedos que no nos atrevemos a enfrentar;  escondemos nuestras debilidades, huimos de lo que nos asusta, escapamos ante la interpelación que nos expone en nuestras propias miserias y, en esa huida, no registramos al otro, nos ocupamos de nosotros sin darnos cuenta que quedamos cada vez más aislados, más incapaces de tender puentes que nos salven del naufragio.

Ese mal entender, nos hizo malos en tender puentes, expertos en malos entendidos, nos hizo mal… nos hace mal, porque la vida –finalmente- no es otra cosa más que reconocerse en la necesidad de tender puentes con el otro.