Somos el resultado de una educación patriarcal, que nos crió dentro de un orden binario en el que, a cada género le correspondían determinadas características, a las que -incluso-, se las llegó a considerar como constitutivas del ADN femenino o masculino, según el caso.

La forma de expresarse no logró escapar a este esquema binario en el cual, se reservó a las mujeres, no solo toda actividad relacionada con la afectividad, la sensibilidad, la contención emocional del otro, sino también, el desarrollo de habilidades comunicacionales a nivel verbal.

Desde que nos pusieron el primer vestido rosa, nos convencieron de nuestra capacidad para ser suaves y sensibles; nos enseñaron a hablar y a callar. Aprendimos a escuchar.

Como buenas chicas obedientes, aprendimos a hablar, a guardar silencio, a escuchar, a distinguir cuándo y con quién hacer cada cosa.

Así, casi naturalmente, fuimos juntándonos para hablar ¨cosas de mujeres¨ y ese don de la palabra, pasó a ser una característica defectuosa del sexo débil, ese que habla mucho y tiene poco para decir…

Curiosamente, la palabra escrita sí quedó destinada a los varones. Quedamos excluídas del uso rentable de la lengua: tanto libros como diarios fueron escritos por varones. Nos llevó mucho tiempo y varios casos de mujeres usando seudónimos masculinos, poder aparecer como autoras de libros o redactoras de alguna columna de noticias, entre tantas otras cosas…

Nos quedamos con el uso de la palabra emocional verbal dentro de las paredes del mundo privado y los varones tomaron la palabra pública y la escrita, ambas pensantes.

Incluso, hoy en día, las mujeres seguimos -en principio- circunscriptas a escribir sobre determinados temas y dejamos otros en manos de los varones. Todavía hoy quedan resabios de las revistas de mujeres y nos cuesta acceder a espacios como la política o la economía.

Aún hoy en día, en los medios de comunicación masiva, los programas periodísticos son liderados, en su enorme mayoría, por varones y las mujeres completamos la grilla de la tarde.

Fuimos, sin embargo, dueñas por derecho propio de la palabra hablada puertas adentro del hogar. La escrita, la que perdura, la que escribe la historia, la que difunde ideas y pensamientos, la rentable, fue tomada por los varones.

Y, a decir verdad, esto tiene sentido; todo tiene sentido en el patriarcado, todo cierra con una precisión casi divina.

En el paradigma patriarcal, las emociones son cosa de mujeres y los pensamientos, cosa de varones; con lo cual, es lógico que las palabras que traducen emociones en la vida diaria, sean las usadas por las mujeres y las que representan ideas queden reservadas para el ámbito masculino.

El caso es que, esta división a la hora de expresarse, no solo marca una nueva forma de desigualdad , -ya que la palabra emocional hablada cotizó siempre menos que la escrita como consecuencia de una elaboración intelectual pensada- sino que – además, a la hora de comunicarnos entre nosotros, nos ha traído una serie de malos entendidos reiterados y cierta dificultad a la hora de comprendernos unos a otras y viceversa.

Las mujeres fuimos educadas para sentir y referir a ello sin mayores pruritos; los varones, en cambio fueron entrenados para razonar.

Con el avance del feminismo, el acceso de la mujer a grados cada vez más altos de educación, la salida del ámbito privado al público, hemos ganado el aprendizaje, uso y dominio de aquel terreno intelectual otrora reservado exclusivamente a los varones y , en consecuencia, empezamos a hablar racionalmente. De a poco, sumamos a la palabra hablada en privado, la palabra escrita y empezamos a tomarla en espacios públicos.

Sin embargo, nuestros a pares masculinos no se les enseñó todavía a desarrollar su hemisferio emocional y, en consecuencia, quedaron atrapados en un esquema en el que no se les permite llorar, ni sentir, ni identificar las emociones que los atraviesan, con la consiguiente dificultad para poder expresarlas. Fueron dueños del poder pero se olvidaron que eran humanos… identificaron emocionalidad con debilidad y no se dieron cuenta que es justamente el conocimiento de nuestra parte emocional lo que -quizá- más poder nos da.

Las mujeres hemos avanzado, hemos ganado terrenos y, es verdad que, aún no pudimos soltar cuestiones que nos sobrecargan pero, también es cierto que, hemos sumado habilidades, en contrapunto con los varones que al resistirse al cambio, se están perdiendo la oportunidad de aprender a ser más completos.

Todos -sin distinción de género- tenemos dos hemisferios cerebrales; todos y todas somos pensamiento y emoción y necesitamos poder expresar lo que pensamos y sentimos para interactuar, crecer, desarrollarnos, entendernos… para vivir…

Así como es necesario educar a niños y niñas con acceso a herramientas que les permitan aprender a expresarse correctamente, es imprescindible identificar esta sectorización en el desarrollo de habilidades de aún hoy seguimos reproduciendo en función del género de nuestros hijos o hijas y empezar a desterrar esta sectorización binaria que nos limita, nos aleja, no nos permite conectar en nuestras similitudes sino que nos deja anclados en las diferencias…

Es hora de asumir que todos y todas somos víctimas de un modo de ver la vida que nos limitó al negarnos habilidades asignadas sólo a uno y otro de los géneros, es hora de animarnos a desarrollar por igual todas las potencialidades que tengamos ganas de explorar y permitirnos sentir y pensar sin que una cosa excluya a la otra…

Quizá si logramos hacerlo, podamos tener, varones y mujeres, una comunicación en la que ya nos estemos hablando de manzanas las unas y peras los otros, y podamos empezar a entendernos…