Dice el diccionario que, igualdad es la condición o circunstancia de tener una misma naturaleza, cantidad, calidad, valor o forma, o de compartir alguna cualidad o característica, o bien, la proporción o correspondencia entre las partes que uniformemente componen un todo.

Como sociedad, conformamos un todo integrado por una suma de diversidades -generalmente aglutinadas en conjuntos binarios- que dejan permanentemente expuestas una sumatoria de brechas, que -a su vez- no son más que el reflejo de una igualdad inexistente.

Es decir, el lema de la Revolución Francesa sigue siendo una utopía. Puede que hayamos logrado cierta dosis de libertad, pero -sin embargo- no hemos logrado construir una sociedad integrada por iguales, con lo cual, va de suyo, que las libertades de las cuales gozamos tampoco resultan de la misma extensión y -por otro lado- aquello de la fraternidad, necesitó -siglos después- ser complementado por la sororidad para abarcar a la mitad de la población que había quedado afuera de aquella declaración de principios.

La violencia hacia las mujeres, los femicidios, el maltrato, la discriminación, el abuso, -entre tantas cosas-, nos llevan a repetir una y otra vez que es necesario lograr una efectiva y real igualdad entre los géneros.

Igualdad no significa ser idénticos; igualdad es tener exactamente la misma posibilidad de ejercer cada uno de los derechos humanos que nos corresponden por nuestra condición de tales, lo cual incluye derechos civiles y políticos, derechos económicos, sociales y culturales.

Esta pandemia está dejando bien claro que -aún habiendo avanzado mucho- las mujeres seguimos bastante lejos de ser efectivamente iguales a los varones: nos siguen matando, seguimos sometidas a múltiples tipos y modalidades de violencias, trabajamos más y ganamos menos, hacemos los peores trabajos pero igual no conseguimos la recompensa de llegar a los puestos jerárquicos… Conscientes de la necesidad de poner freno a toda una historia de inequidad, muchas hemos empezado a hablar en voz alta, pensando que, quizá así, logremos crear un coro al que sea imposible hacer oídos sordos.

Ahora bien, si centramos nuestra mirada solamente es la igualdad de género, vamos a lograr algún cambio real? ¿Es posible solucionar esta desigualdad haciendo caso omiso al contexto general en el cual coexisten diversas desigualdades? ¿Es más grave la desigualdad de género o la social? ¿Es posible establecer una jerarquía de importancia? ¿Hay desigualdades tolerables o debemos intentar combatir a todas? ¿Es posible lograr una efectiva igualdad en el ejercicio de derechos para todos los integrantes de la sociedad?

Probablemente, el primer punto que queda claro es que -en una época en la que casi todos los términos se pluralizaron y dejaron de tener género- no podemos seguir hablando de ¨desigualdad¨. La desigualdad es una sumatoria de desigualdades; es en plural.

Así, cuantas más desigualdades se suman, más lejos se está de la meta.

La pandemia dejó expuesto todo el abanico de desigualdades que nuestra sociedad despliega a diario creando brechas de todo tipo. No es lo mismo ser pobre que rico, ser urbano o rural, tener acceso a la educación y conectividad o no, ser rubio o morocho, heterosexual u homosexual, y -obviamente- cualquiera de esas -y tantas otras- variables suman una desigualdad más si la persona en cuestión pertenece al género femenino.

Está claro que el género nos atraviesa pero también nos atraviesa la pobreza y la educación. En un país en el que la mitad de la población infantil está por debajo de la línea de pobreza, no podemos seguir hablando solo de igualdad de género.

La igualdad además de ser en plural, se aprende. Las mujeres que hoy queremos construir un mundo igual, fuimos educadas en la desigualdad. Tuvimos que recorrer un largo camino para revertir un modo de vivir que nos subsumía en una posición de dominación.

Me pregunto, conscientes del camino que recorrimos, no es hora de empezar a hablar de todas las otras desigualdades que hacen perpetuar la desigualdad de género? ¿El posible sostener que el machismo es el único enemigo a combatir? ¿Hay alguna chance de terminar con esta sociedad patriarcal cuando la mitad de los chicos y chicas son pobres? ¿No sabemos, acaso, que las niñas pobres difícilmente lleguen a ser mujeres educadas que puedan hacer valer sus derechos?

La pandemia dejó expuesta una brecha educacional tan abismal como la que abre la pobreza. No es hora de empezar a hablar de esa desigualdad?

En el mismo país en el que Florencio Sánchez escribió ¨M´hijo el dotor¨, ese país en el que los inmigrantes se mataban trabajando para que sus hijos fueran a la universidad porque eso les aseguraba un futuro mejor, hemos descuidado sostenidamente a la educación pública y -a la vez- hemos logrado encontrar en la meritocracia una característica negativa, construyendo un modelo en el que se asciende socialmente con total prescindencia del esfuerzo realizado.

Quizá, el cambio de paradigma que estamos buscando necesite incorporar algunos buenos principios que hemos perdido.

Probablemente, también, sea necesario entender que el patriarcado no es el único responsable de todos nuestros males y que cada desigualdad debe ser erradicada de base por el Estado, único responsable -por normativa constitucional- de garantizar el pleno y efectivo goce y ejercicio de cada uno de nuestros derechos en igualdad de condiciones y sin limitación de ninguna índole.

Quizá sea hora de darnos cuenta que sin educación, sin una niñez en igualdad de condiciones, no hay posibilidad alguna de generar un cambio en el resto de las desigualdades.

La norma dice que nacemos iguales; atrevidamente, me animo a decir que nos enseñan a ser iguales. Sin educación no hay posibilidad alguna de forjar una sociedad compuesta por iguales.