Siempre se ha dicho que la familia es la célula básica de la sociedad, que la caridad bien entendida empieza por casa, que donde manda capitán no manda marinero, que para muestra basta un botón…

Igual que nosotros, las familias fueron cambiando su fisonomía; ya no podemos hablar de un solo tipo de familia, ni de una única familia, ni de un determinado modo para armarla, desarmarla y volverla a armar.

La familia patriarcal -en cuyo seno much@s fuimos criados-, formada por máma, papá y los chicos, dejó lugar a una amplia gama de formas de vivir en familia, aunque -para muchos- el esquema mental de familia sea aquel con el que crecimos.

Los nuevos modelos de familia, en los que aparecen familias ensambladas, familias monoparentales, familias con dos mamás o dos papás, nos han llevado a la elaborar un trabajo profundo en relación a la familia de orígen de la cual partimos, para poder deconstruir en nuestro esquema mental aquello que habíamos aprendido y poder incorporar nuevos conceptos a partir de los cuales es posible entender que en la construcción de una familia no hay modelos normales y otros anormales.

De cualquier modo, estamos lejos -todavía- de lograr un consenso total respecto de la aceptación de las variables que, en la práctica, coexisten. Mucha gente sigue sintiendo cierto grado de pena por los chicos que tienen a sus padres separados, son muchos los que después de un divorcio preguntan si uno rehizo su vida, aludiendo al hecho de estar otra vez casado o dentro de una pareja heterosexual estable y conviviente y, finalmente, la mayor parte de la sociedad -en el mejor de los casos- mira con desconfianza la posibilidad de crecer sanamente dentro de una familia monoparental, con dos mamás o con dos papás…

Sin embargo, no todo el mundo se detiene a analizar viejas prácticas nocivas típicas de la forma de vivir en familia en aquel viejo esquema patriarcal, ese que daba al pater familia la suma de la autoridad y dejaba a la mujer relegada a un segundo plano en la toma de decisiones importantes, aunque -a modo de compensación- la coronaba como reina del hogar.

Much@s de nosotr@s hemos crecido en ese esquema; hemos sido hijas de padres todopoderosos, omnipresentes, que nos cuidaron y protegieron a un nivel tal que nos provocaron serios problemas de autoestima; muchas hemos visto como nuestros hermanos varones tenían otros derechos y como -con el paso del tiempo- recibieron, sin cuestionamiento alguno respecto de cuál era la norma sucesoria aplicable, el poder que otrora concentrara el padre… porque, claro está, en este modelo patriarcal, existe un poder no compartido, ejercido por el hombre de la casa y transmitido al hijo varón, que -a su vez- hará lo propio con los hijos varones que aseguren la perpetuación del apellido.

Este sistema de poder genera -más allá de una injusticia notoria- el desenvolvimiento de un sistema de permisos y autorizaciones que vuelven a debilitar la autoestima de las mujeres de la familia, y lo hace a un nivel tal que, probablemente luego en las relaciones con otros hombres se de por sentado que hay que pedir permiso para tal o cual cosa…

Este pedido de autorización -de por si malo- trae un problema mayor: el miedo. Hemos sido criadas en un sistema de creencias basadas en el miedo: el miedo a la no autorización, el miedo al enojo, el miedo a la desaprobación, el miedo al que dirán, el miedo al no poder, el miedo a no ser suficientemente buenas o inteligentes o lindas, a ser feas, gordas o viejas, el miedo a no ser queridas, a no ser deseadas, a no ser elegidas, el miedo a ser dejadas, a no ser miradas, el miedo a no ser vistas… sin embargo, no supimos, no pudimos, no nos enseñaron, a tener miedo a no ser nosotras mismas.

Quisimos entrar en tantos moldes o en un formato con tantas cuadrículas para completar, que nunca tuvimos tiempo de detenernos a pensar, a registrar, a ver, a sentir si alguna, varias o todas las cuadrículas de ese formato se adecuaban a nuestro deseo, a lo que hubiéramos elegido de haber contado con la posibilidad de hacerlo.

Cuando ahora hablamos de igualdad, referimos a libertad en el acceso a todos los derechos de los cuales somos sujetos. Igualdad no significa no reconocer las diferencias con pares fuera y dentro del género, tampoco implica que todas tengamos que tomas las mismas decisiones, ni tener los mismos deseos o la misma forma de ver la vida.

Igualdad simplemente refiere a tener idéntica posibilidad conocimiento, ejercicio, goce y exigibilidad de cualquiera de los derechos que, por nuestra calidad de seres humanos, nos corresponde.

Va de suyo, que esto implica gozar de una libertad de base idéntica entre los géneros, de modo tal que, la igualdad no sea un bastión a conquistar o una concesión hecha por un superior, sino el ejercicio natural de un atributo inherente a la condición humana.

Quizá haya llegado el momento de darse cuenta de cuál era la premisa falsa sobre la cual se asentaba la pretensa protección patriarcal. No será, acaso, que quienes detentaban la suma del poder siempre supieron que podíamos solas y eso los aterraba? No será, quizá, que conscientes de ello, sin poder asumirlo y -mucho menos- expresarlo encontraron como única forma de autopreservación la dominación de quien -de otro modo- se convertiría en amenaza?

Por lo que fuere, el caso es que, el patriarcado, elaboró una forma de perpetuación perfecta: educó a las mujeres dentro de un paradigma de opresión que ellas mismas se encargaron de propagar a las generaciones siguientes.

Hace años, circulaba una película llamada ¨La mano que mece la cuna gobierna al mundo¨; pues, no, las dueñas de las manos que mecieron cunas durante sigulos, nunca gobernaron al mundo, se limitaron a criar a los hombres que, no solo, gobernaron al mundo sino que las gobernaron a ellas.

Llegó la hora de darnos cuenta del artilugio y ponerlo sobre la mesa; si está claro que somos iguales, por qué luchar en contra de algo tan natural? Por qué tanta resistencia? Por qué tanto miedo a un cambio inexorable? De verdad los varones son tan felices encerrados en esa forma hegemónica de machismo que no les permite sentir?

Las cartas están echadas… a jugar, no hay manera de retenernos meciendo la cuna de quienes no nos van a hacer copartícipes del poder… es más, no hay manera de retenernos meciendo cunas sin compartir la tarea con la mano de otro.