Esta pandemia nos dejó aislados -sin poder tocarnos-, con la boca y la nariz tapadas y, curiosamente, nos dejó habilitados los dos sentidos que más nos conectan con la receptividad, es decir, la vista y la audición.

Ambos nos hacen ser receptores del otro, del entorno, de la realidad circundante… Sin embargo, qué estamos viendo? ¿Dónde posamos nuestra mirada? ¿Qué escuchamos? ¿A quién escuchamos? ¿Escuchamos? ¿Logramos ampliar el radar de alguno de estos dos sentidos o nos empeñamos en seguir usando los que tenemos limitados?

¿Somos conscientes de la selectividad con la que enfocamos nuestra mirada? ¿Por qué elegimos ¨no ver¨determinadas cosas? ¿Es porque no nos importa? ¿Es porque nos da culpa? ¿Es porque nos muestra una parte nuestra que no queremos ver o no somos capaces de reconocer?

El caso es que la realidad nos circunda, nos rodea, existe objetivamente más allá de la subjetivización que hacemos cuando nos ponemos en lugar de sujeto que le da entidad al objeto que mira.

Las cosas, las personas, la existencia misma, ¨son¨ al márgen de nuestra capacidad o decisión de mirarlas. Sin embargo, en esta sociedad llena de grietas, en la que no logramos ponernos de acuerdo en casi nada, pareciera que sí logramos consensuar tácitamente en las cosas a las cuales les vamos a negar nuestra mirada, como si con esa omisión realmente pudiera suceder que, mágicamente, esas cosas no existieran.

Así, no miramos a la niñez institucionalizada -a un nivel de no tener datos ciertos respecto de cuántos chicos y chicas en todo el país no tienen cuidados parentales-, no miramos a los que no tienen nada más allá de sus propias vidas, a los viejos que hacen fila para cobrar un monto por el que casi ninguno de nosotros trabajaría, a las mujeres, niñas y niños víctimas de violencia… sí nos miramos, en cambio, entre pares, entre iguales… miramos al otro cercano, al que nos refleja algo de nosotros mismos, quizá porque a través de ese prisma que permite introducir un tinte autorreferencial, podemos -en definitiva- mirarnos a nosotros mismos y así nos comparamos, nos sentimos mejores o peores, convalidados o en falta, nos damos la razón quejándonos por las mismas cosas o criticando a los mismos enemigos.

Estamos con los ojos completamente despejados y nos cuesta, no podemos, no queremos, no sabemos ver al otro lejano… al que nos muestra lo que no queremos ser, lo que no deseamos para nosotros ni para nuestros seres queridos, aquello que nos interpela a revernos como sociedad porque en algo estamos fallando, porque no podemos tirar la responsabilidad siempre afuera y porque, quizá, de algo tengamos que hacernos cargo…

La pandemia, además de sacarnos la posibilidad de abrazarnos, de tocarnos, nos encerró dentro de los muros de nuestras casas y de los que cada quien tiene levantados alrededor de si mismo… desde esas cavernas, las redes sociales se convirtieron en la forma de ver las sombras de esa realidad que alguna vez existió afuera…

Estamos todos -me incluyo- conectados casi todo durante casi todo el tiempo en el que estamos despiertos, nuestras vidas transcurren en paralelo con la señal de wifi y, así, fuimos encontrando el modo de conectar a lo lejos con otros, de ser mirados por otros y escuchados por otros…

Quizá porque algo de consciencia tenemos, empezamos a hablar de la cantidad de cuestiones que necesitan ser visibilizadas -me vuelvo a incluir- pero, vamos a ser capaces de hacer algo para cambiar lo que estamos visibilizando? Estamos pasando el tiempo frente a las pantallas o realmente estamos asumiendo algún compromiso con los otros lejanos que la pandemia nos puso en primer plano?

Un virus que ya mató en Argentina a más personas que todas las tragedias del último siglo y promete seguir matando a más, nos debería dejar alguna enseñanza más allá de las evoluciones personales que cada uno de nosotros haya sido capaz de hacer.

Esta pandemia que nos está haciendo vivir un momento de crisis profunda en todos los niveles de la vida en sociedad y que, por ahora, solo está generando más cantidad de brechas de profundidades cada vez más insalvables, en realidad, nos debería servir para poder aprender algo.

Es decir, o nos sirve para aprender algo y actuar en consecuencia o nos deja con un grado de destrucción de los resortes sociales, económicos e institucionales del cual nos va a ser complicado salir.

¿Vamos a permitirnos no aprender nada? ¿Hasta cuándo vamos a silenciar al que discrepa con nosotros? ¿Hasta cuándo vamos a hacer de cuenta que lo que no vemos no existe? Porque, que nos quede claro, escuchemos o no, hay voces que suenan o deberían poder sonar y miremos o no, las cosas que no nos gustan existen… Sepamos o no el número de muertos que el Covid está dejando, una parte de nosotros -como entes sociales- se está muriendo y otra, está casi muerta en vida.

Quienes tenemos el privilegio de elegir cómo vivir, tenemos el deber de mirar, de escuchar y de prestar nuestra voz, si fuera necesario para lograr que el mensaje que este virus vino a traer sea interpretado.

No hay vuelta atrás. No hay lugar al cual regresar y de nosotros depende actuar en consecuencia.