Cuando en 1789 se proclamaba la Revolución Francesa bajo la consigna de ¨Igualdad, Libertad y Fraternidad¨, nadie pensó que la mitad de la población seguía tan oprimida como antes…

Y es lógico que así fuera porque en esa época las mujeres éramos poco más que muebles y los varones, a cargo del uso y goce del poder, imponían -por lógica- dominio en todo, incluso en el lenguaje.

La fraternidad es , por definición, la relación entre hermanos. Es entre varones. Tuvieron que pasar dos siglos para que las mujeres podamos encontrar una palabra que defina nuestra relación como pares integrantes de un mismo colectivo genérico. Apareció, entonces, la hermandad entre mujeres, conocida, según los idiomas como sisterhood, sororité o sororidad.

En 1970 la activista feminista estadounidense Kate Millet, introdujo el término ¨sisterhood¨ para hacer alusión a la relación de hermandad entre iguales. Unos veinte años después, la tercera ola del feminismo criticó la acepción de la palabra por considerarla no inclusiva de las desigualdades que el género femenino presenta; así, se incorporó una visión interseccional abarcativa de diferentes razas, clases sociales y orientaciones sexuales.

La investigadora feminista mexicana Marcela Lagarde ha ido más allá, entendiendo que sororidad es un pacto político; una amistad entre mujeres diferentes y pares, cómplices que se proponen trabajar, crear y convencer, que se encuentran y reconocen en el feminismo para vivir la vida con un sentido profundamente libertario. Lo concibe como una experiencia que conduce a la búsqueda de relaciones positivas y a una alianza existencial y política, cuerpo a cuerpo, subjetividad a subjetividad, con otras mujeres para contribuir con acciones específicas a la eliminación social de todas las formas de opresión y de apoyo mutuo para lograr el poderío genérico de todas y el empoderamiento vital de cada mujer.

Con estas líneas no se pretende indagar en los subterfugios que la interpretación del término propone sino sentar bases sobre las cuales sea posible pautar, algo así como, buenas practicas en el trato entre los géneros.

Nos han criado para ser queridas, deseadas; para ser obedientes y saber cuidar al otro; para respetar las reglas y cumplir con lo que se esperaba de nosotras; nos inculcaron el deseo de vestirnos de blanco para que nos juren amor eterno porque cualquier otra variable de amor no era el que nos merecíamos… nos dijeron que la plenitud llegaba con la maternidad y en ese mismo momento nos condenaron al síndrome del nido vacío… nos felicitaron con la menarca porque ese hito marcaba nuestra transformación en mujeres y en ese combo, nos condenaron a dejar de serlo con la menopausia… nos alabaron con el don de la maternidad, pero nunca fue fácil encontrar el término cómodo para decirle a un otro masculino que estábamos menstruando y así aprendimos a disfrazar a la menstruación con tantos pseudónimos como a la vagina… nos creímos el cuento de que los tamaños no importan y aprendimos a fingir…. nos dieron el don de la sensibilidad y de la aptitud para cuidar a los demás y con eso quedamos a cargo de un cúmulo de tareas que nos sobrepasan…

Desde chiquitas nos dijeron que teníamos que ser buenas para que nos quisieran, porque qué iba a ser de nosotras si no venía un otro varón a buscarnos, querernos y cuidarnos? Y se olvidaron de advertirnos que el precio de ser elegidas era ser gobernadas…

Nos leyeron cuentos de príncipes y madrastras, de guerreros valientes y princesas que eran bellas y dormían, crecimos sabiendo que no alcanzaba con ser buenas, que también había que parecerlo… Nos formaron para ser obedientes, lindas, flacas y moderadas pero no nos enseñaron a ser libres para elegir que queríamos ser y mucho menos, a querernos a nosotras mismas.

Y ahora que queremos querernos, que queremos tener los mismos derechos que los varones, que queremos tomar el control de nuestras vidas, que queremos desobedecer, desear, elegir, ser autónomas, dueñas de nuestras decisiones, de nuestros aciertos y de nuestros fracasos, nos damos cuenta que a la mujer que tenemos al lado o a veinte mil kilómetros, le pasa lo mismo pero, a la vez, descubrimos que no nos enseñaron a vincularnos como pares.

Nos enseñaron a competir entre nosotras, a valer en función de una plusvalía en relación a la que estaba al lado; fuimos el objeto de lucimiento -o no- de nuestros padres para luego serlo de nuestros maridos… pasamos de tener la responsabilidad de llevar en la cabeza el moño más lindo del grado a saber construir el mejor hogar posible, pero no nos enseñaron a construir redes de mujeres cuya presencia en nuestras vidas sea tan vital como los partidos de fútbol semanales con los amigos.

Ahora que somos grandes, que ya cuestionamos casi todo, que nos animamos a ser lo que no teníamos que ser, que nos permitimos no pedir permiso y queremos ir por más, nos damos cuenta que , para eso, es imprescindible conjugar verbos en plural.

Ahora que muchas entendimos que podemos ser lo que se nos ocurra ser, somos conscientes -más que nunca- que en la medida en que no seamos capaces de construir un ¨somos¨ no hay cambio real posible.

Si no logramos entender y asimilar que es necesario deconstruir también el valor que le damos a cada ¨soy´conquistado individualmente no hay posibilidad real de transformación como género, porque, pese a que cada una tiene que vivir su pequeña o gran revolución personal, la suma de esas batallas ganadas no son condición suficiente para conquistar el espacio de igualdad que nos fue negado desde siempre.

Es necesario entender que no hay igualdad posible si no nos ponemos de acuerdo en un par de cuestiones básicas.

En la medida en que no logremos ver en cualquier mujer del planeta a una igual, no hay modo de empezar… porque sororidad, finalmente, es es ver en la otra una parte de una misma aunque no haya otro parecido más que en el hecho de ser mujer.

Hemos hecho un slogan planteando que cuando decimos ¨no¨ es ¨no¨. Ahora bien, el punto es que aprendamos a decir que no. Y, en ese sentido, resulta necesario pactar algunas negativas que estemos dispuestas a defender como colectivo desde nuestras propias experiencias individuales. Si no somos capaces de lograr ese consenso, no habrá cambio posible. Es imprescindible que tengamos y sostengamos un criterio uniforme de no transigencia frente a determinadas cuestiones, ante las cuales llegó la hora de decir ¨no´ porque si una sola sigue diciendo que sí, perdemos todas.

Quizá este sea un modo mucho más sutil de entender la sororidad, menos activista, menos político, más profundo y difícil de consensuar pero primario a la hora de conformarnos como colectivo efectivo en la busqueda de una solución para la problemática que a diario nos atraviesa.

Es imprescindible que aprendamos a poner límites a todo tipo de maltrato, de abuso, de discriminación, de subestimación, de dominio fundado solamente en una razón de género, lo cual, en la práctica, no es otra cosa más que un conjunto de ¨no¨ sostenidos y reiterados unánimemente por todas. Es enarbolar la bandera de un ¨no¨contundente ante preguntas que no deberíamos contestar en una entrevista de trabajo, ante la menor insinuación de una cesárea programada sin motivo, ante cualquier menoscabo al ejercicio de cualquiera de los derechos que hemos ganado, ante a los golpes, los insultos, los silencios, las descalificaciones, las invitaciones a salir de alguien que está en pareja, a las estafas emocionales, las infidelidades, el dominio puertas afuera y puertas adentro del hogar que antes nos tuvo por reinas… es terminar, de una vez por todas, con el hacer de cuenta que acá no pasa nada…

Tenemos un umbral de tolerancia frente a un enorme abanico de violencias de distintos grados, que debe ser revisado y modificado. Debemos rever el paradigma de carencia y escasez, que nos condena a buscar la la plenitud solo al completarnos con un otro varón que es un bien casi en extinción y al que, por lo tanto, le perdonamos casi todo, sometiéndonos -muchas veces- a un juego perverso en el que nos dañan y a través de cual perpetuamos nuestra sumisión como género.

Es decir, en estos días en los que hablamos tanto de deconstrucción personal, resulta imperioso detectar las formas de violencia -a veces sutiles- con las que convivimos a diario y aprender a decir que no. Esto es, introducir una forma de actuar asertiva para lograr relaciones interpersonales de igualdad.

Dicho de otro modo, más allá de cualquier proclama política que como colectivo debamos plantear, es importante rever nuestro comportamiento en la vida diaria y modificar las viejas estructuras patriarcales que nos han enseñado a complacer, ser amables, serviciales y estar dispuestas a dar siempre un ¨si´a las peticiones de los demás, para reemplazarlas por una actitud asertiva de respeto por nosotras mismas, permitiéndonos expresar lo que sentimos y deseamos, poniendo los límites que resulten necesarios.

Llegó la hora de aprender a decir ¨no¨a lo que no nos hace bien, a lo que no queremos, a lo que no debemos soportar y, llegó también el tiempo de unificar criterios y hacer lo propio como género entero. Dicho de otro modo, es oportuno empezar a trabajar como colectivo en la construcción de un nuevo umbral por debajo del cual ninguna de nosotras esté dispuesta a dar un sí -expreso o tácito- por respuesta. LLegó la hora de entender que la sororidad está también -y quizá en primer lugar- en estas pequeñas batallas cotidianas cuya conquista individual y colectiva son menos rimbombantes que los pactos políticos a gran escala pero más decisivas en el logro de nuestro bienestar emocional y del avance en el camino que nos conduce a la tan deseada igualdad de géneros.

Fer Leiva

Espacio Leiva