La pandemia nos aisló preventiva y obligatoriamente, dejándonos a solas con nosotros mismos. Y, esto, que puede tener un efecto de introspección altamente positivo para la evolución de nuestras vidas y el replanteo, incluso, de cierta mirada existencial al respecto, puede acarrear -por otro lado- un efecto adverso para nuestra interacción con el otro.

El otro, que por definición es distinto a nosotros, suele no encajar con lo que uno pretende que el otro sea, ya que -obviamente- si así fuera, no sería otro; con lo cual, ese otro, representa siempre una presencia -en cierto punto- perturbadora.

Es decir, el otro, en tanto, alteridad, viene a contraponerse a nuestra propia identidad, constituye la otredad que permite distinguir lo propio de lo ajeno, lo cierto de lo incierto, lo cercano de lo lejano… es a la vez, frontera y continente…

Freud, que indicaba como otro a todo lo exterior a uno mismo, hablaba de la madre como el primer otro al que el ser humano reconoce como extraño a si mismo. Es decir, finalmente, todos venimos de un otro… el otro, de algún modo, forma parte de nosotros y viceversa… somos seres intercodependientes por naturaleza…

Sin embargo desde Hegel hasta Sartre se ha jugado con la dialéctica que presenta la dualidad del otro como diferente y por lo tanto la búsqueda de síntesis entre el amo y el esclavo o entre el ser y la nada. En la misma línea, Simone de Beauvoir, en El segundo sexo, plantea el problema de género partiendo de esta premisa en la que la mujer es el otro dominado por el hombre.

Ahora bien, desde la frase de Sartre que reza ¨El infierno es la mirada del otro¨, hasta la de Lévinas que afirma ¨El bien está en el otro¨, caben varios matices y dependerá de cada uno de nosotros elegir el que más se acerque a nuestra visión de la vida en sociedad.

En esta época en la que hablamos tanto de brechas, marcando las desigualdades de todo tipo que atraviesan a la sociedad en la que vivimos, reconocer que papel juega el otro en nuestra vida, resulta de vital importancia.

Brecha, refiere tanto a una fisura o grieta, como a un resquicio o hendidura, como -finalmente- a una herida o corte. Es decir, siempre que hablamos de brecha, aludimos a una rotura, abertura o herida por donde algo empieza a perder seguridad o integridad.

Así, no sólo hablamos de brecha de género -como desigualdad entre mujeres y varones-, sino que hablamos también de brechas de salario, de educación, de salud, de acceso a tecnologías y medios de comunicación; brechas sociales, culturales, económicas, etarias, raciales, religiosas… brecha entre primer mundo y resto del mundo, derecha e izquierda, países ricos y países pobres, oriente y occidente, civilización y barbarie… Nos definimos desde la brecha, nos ponemos -o somos puestos- de un lado o del otro y nos construimos desde la pertenencia a ese sector, siempre, en contraposición con el otro…

Pareciera que el ser humano vive en una permanente diferenciación con el otro que lo hace rechazarlo para proteger lo propio, para protegerse de la amenaza que el otro representa. Bajo el pretexto de la construcción de consensos, vamos por la vida señalando lo que hace el otro, intentando colonizarlo con nuestra propia mirada del mundo y de la vida, mostrándole la conveniencia de lograr un cambio en función de los parámetros que proponemos…

Y, si resultara que, como el otro es otro, tiene que seguir siendo diferente a nosotros para que podamos relacionarnos? Si el punto estuviera en trabajar nuestra propia capacidad de aceptación de la otredad, por definición incómoda?

Porque, está claro que, es necesario señalar las brechas, es imprescindible lograr igualdad de acceso a oportunidades, derechos y expectativas y resulta urgente trabajar por conseguirlo. No hay dudas. Sin embargo, aquella frase de Simone que entendía al feminismo como una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente, no podría ser repensada para apostar a algo superador? Siempre el colectivo va a referir a un segmento de la sociedad en el que no somos más que individualidades ocasionalmente unidas por una causa? No podemos formar colectivos embanderados por cuestiones que nos atraviesen transversalmente?

La pandemia nos obliga a replegarnos dentro de nosotros mismos, el otro es un extraño cada vez más peligroso, el mundo deviene en un lugar de hostilidad creciente, las desigualdades aumentan en cantidad y en profundidad… Frente a ésto, vamos a hibernar el resto de nuestras vidas? Vamos a dejarnos vencer por el síndrome de la cabaña? O seremos capaces de confiar en nosotros mismos para poder entablar relaciones saludables con otr@s?

Está claro que el otro, en tanto alteridad que nos saca de nosotros mismos, siempre es incómodo, el punto será saber distinguir cuál es el límite de incomodidad que resulta saludable para nosotros mismos a la hora de construir una relación con otr@.

Ojalá este aislamiento nos permita conectar con una versión auténtica de nosotros mismos, una versión de la que podamos sentirnos artífices y dueños, una versión que nos quede cómoda, en la que estemos a gusto y por la que no tengamos que pedir disculpas, una versión de la que logremos estar orgullosos y que nos de paz..

Quizá, sólo a partir de entonces, vamos a poder ser con el otro. Es decir, probablemente, recién en ese momento, a partir de nuestra propia aceptación, vamos a ser capaces de aceptar al otro tal cual es , de no querer cambiarlo y de no permitir -a su vez- que nadie quiera cambiarnos.

Tal vez, sólo entonces, sabiendo que el otro no viene a invadirnos, sino a estar a nuestro lado para darnos la mano tal y como somos, podremos empezar a cerrar brechas y dejar de andar por la vida rotas y fisurados…