La definición de niñez suele estar asociada a cierta etapa de la vida, esa que va desde la concepción o nacimiento -según la creencia o legislación aplicable- hasta la mayoría de edad. De este modo, terminamos reduciéndola a una etapa de preparación para lo que vamos a ser en nuestra vida adulta, es decir, pareciera que se trata de una época de construcción de lo que vamos a ser, lo cual, de algún modo, le quita sentido a lo que estamos siendo en ese devenir.

Pareciera que la infancia es como una casa en construcción. Una casa que, una vez lista para ser habitada -tal como sucede en el cuento de Cortázar- empieza a ser tomada por el adulto en el que nos convertimos… echamos al niño o niña que fuimos, nos adueñamos de la casa, pero -a diferencia del cuento- luego volvemos una y otra vez a buscar a aquella niñez que expulsamos.

Y esta contradicción nos habita durante toda la vida. Deseamos llegar a la tan ansiada adultez, padecemos la adolescencia como estadio intermedio, nos sentimos los dueños del mundo en los primeros años de juventud y a medida que vamos promediando la vida, empezamos a buscar a nuestr@ niñ@ interior para que nos rescate de esa adultez que se apoderó de nosotros.

Recurrimos a es@ niñ@ interior cuando queremos volver a jugar, cuando queremos ser más libres, cuando la vida se nos pone demasiado complicada, cuando las obligaciones nos agobian o simplemente, cuando la nostalgia nos hace querer recobrar la ingenuidad que alguna vez tuvimos. Sin embargo, también volvemos a es@ niñ@ cuando queremos resolver frustraciones, momentos de angustia o ansiedad, cuando tropezamos siempre con el mismo dolor, cuando no encontramos satisfacción en la vida que construimos cumpliendo con los mandatos que nos inculcaron en la infancia.

Es entonces cuando somos plenamente conscientes -o debiéramos serlo- de cuan importantes fueron esos primeros años que, en definitiva, nos habitan para siempre. Seamos claros, nunca dejamos de ser niñ@s, porque lo que somos incluye aquello que fuimos, o lo que nos dejaron ser…

Nietzche decía algo así como que crecer es recuperar la seriedad con la que jugábamos de niños. Es decir, paradójicamente, cuando éramos niñ@s y jugábamos, lo hacíamos seriamente pero, sin embargo, con la seriedad que impone la adultez dejamos de jugar. Así, nos olvidamos que la capacidad de jugar no es irresponsabilidad o falta de compromiso, es entender que el juego es ese espacio en el que todo es seriamente posible y del que podemos entrar y salir con total naturalidad. Nos olvidamos de lo que fuimos, de lo que seguimos siendo, porque nos enseñaron que en aquella época todavía no éramos aquello para lo que nos estábamos preparando a ser…

En esos primeros años de vida nos enseñan a sumar, a escribir, a pensar; pero también nos transmiten una manera de ver la vida, de vincularnos con los demás y nos marcan el camino a seguir para cumplir con las expectativas que están poniendo en lo que vamos a ser.

¨Somos lo que hacemos con lo que hicieron de nosotros¨, postuló el gran Jean Paul Sartre. Y es difícil no coincidir con él porque, probablemente, cualquier tipo de realización personal verdadera requiera un trabajo -con la forma de terapia que a cada quien le quede mejor- que aborde todas las heridas emocionales que se originaron en nuestros primeros años de vida. Sufrimos de grandes lo que nos dolió de chicos. El desafío es poder identificar la causa real del sufrimiento actual, ponerlo en palabras y luego, sí, intentar sanarlo.

Así, nos pasamos la niñez preparándonos para ser adultos y luego, pasamos gran parte de la adultez, sanando las heridas que acarreamos de aquellos primeros años de vida.

Ahora bien, si las cosas están tan claras, por qué nos cuesta tanto asumir la importancia real que la niñez merece? Y esta pregunta aplica tanto al Estado con sus políticas públicas como a cada uno de nosotros en nuestros roles de madres, padres o cuidadores de niños, niñas y adolescentes.

Sin ánimo de caer en un pesimismo kafkiano, es necesario desmitificar aquello de la infancia como lugar maravilloso al que todos queremos volver. Pareciera que, aún en los casos más felices, también la infancia tiene mayor o menor dosis de dolor. Y, si esto sucede en el seno de las familias de clase media tipo, con una estructura familiar que -con mayor o menor inteligencia emocional- brinda amor, educación, comida, espacio para el juego, acceso a la salud y a la vida social, resulta imperioso preguntarse qué nos queda para los niños y niñas que están privados de alguno o de todos esos elementos?

¿Que adultez le espera a quienes crecen en institutos porque carecen de cuidados parentales y nadie los adopta? ¿Cómo se va a vincular consigo y con los demás quien fue víctima de abuso, acoso o violencia en la infancia? ¿Cómo va a poner en palabras lo que siente o piensa quien no pudo terminar la escuela primaria? ¿Qué igualdad de géneros estamos construyendo a largo plazo? ¿Cómo va a defender su derecho a la inclusión quien crece excluído del sistema?

Quienes tuvimos la suerte de ser criados por padres y madres que nos dieron todo lo que tenían a su alcance y nos ¨construyeron¨ para que seamos los mejores representantes posibles del paradigma que les pertenecía, estamos ahora ¨deconstruyendo¨lo aprendido para vivir mejor, para tener más derechos, para ejercer más plenamente los que ya adquirimos, para ser iguales, para generar una sociedad más justa e inclusiva, pero -sin embargo- no miramos a esos niños, niñas y adolescentes que se estan ¨construyendo¨ ahora.

Nos miramos a nosotros mismos y no vemos el 62,9 de niños y niñas pobres que vamos a tener a fin de año; no escuchamos los gritos de las víctimas de violencia, no le prestamos atención al silencio del abuso. Nos llenamos la boca hablando del interés superior del niño, de la necesidad de contar con una Defensora de los derechos de niñas, niños y adolescentes, de la importancia de incorporar un lenguaje inclusivo pero no vemos a los chicos reales que se están construyendo con tantas carencias y que, quizá, no están aprendiendo las palabras que van a necesitar para poder expresarse cuando sean adultos.

Los niños y las niñas tienen, entre otros, derecho a ser oídos. Y es verdad que son oídos en los tribunales; pero también es cierto que, eso es una realidad parcial: sólo se los escucha cuando el problema es grave y está judicializado. La niñez es una víctima silenciosa.

Los gobernantes no los escuchan, no los ven. Como sociedad no los escuchamos. L@s chic@s no hacen marchas, no cortan calles, no salen con banderas ni cacerolas, no votan… no son… Y, sin embargo, son todo lo que vamos a tener cuando nosotr@s seamos los viejos que abandonaron la adultez …

Porque, tengámoslo claro, todo vuelve y la adultez tampoco dura para siempre…