Repasando la vida de feministas famosas que abrieron camino el siglo pasado, una se encuentra con mujeres que -en general- transitaron existencias tumultuosas a nivel emocional y afectivo, con inestabilidad y sufrimiento en el marco de parejas heterosexuales, bisexuales u homosexuales y hasta cierto escepticismo respecto de la posibilidad de sostener el amor a lo largo del tiempo… pareciera que por ser de avanzada, en una época en la que la mujer era poco más que una cosa, tuvieron que pagar como precio el costo de su derecho a ser felices…

Hoy, el siglo XXI nos encuentra con muchos derechos adquiridos, muchas puertas abiertas, con más consciencia y más fuerza como colectivo. Ya no somos voces aisladas luchando por una utopía que no comparten, ni siquiera, las propias congéneres… somos muchas, de distintas edades, con diferentes estructuras mentales, con una enorme variedad de experiencias de vida, conscientes de la necesidad de formar un colectivo que haga más sonora nuestra voz…

Empezamos a entender que. lo que le pasa a otra, le pasa al género entero… que cada femicidio es una menos que podría haber sido una… que si no unificamos criterios en cuanto a qué vamos a tolerar y qué no, los abusos van a seguir existiendo… que -como los trapos que se lavan en casa- las discusiones relacionadas con la forma de ganar derechos o el discurso a utilizar deberían realizarse puertas adentro… que si nos agredimos entre nosotras, nos devora el patriarcado…

Sin embargo, en ese devenir de reivindicar derechos, de deconstruirse para abandonar mandatos y estereotipos y elegir desde un despertar libre, qué es lo que una quiere para su vida y de qué modo llevarlo a cabo, pareciera que -hoy por hoy- todo es sobrecarga de tareas y dificultad para mantener vínculos heterosexuales de paridad…

Es decir, ya logramos salir de ese hogar que nos tenía por reinas -quizá caverna, desde la que sólo veíamos las sombras-, logramos ser universitarias, ejecutivas, algunas juezas, pocas gobernadoras, excepcionalmente presidentas… pero, seguimos adheridas a las tareas domésticas y al cuidado de los hijos, no logramos efectivizar la igualdad dentro de nuestras propias casas y luego, por añadidura, tampoco la tenemos afuera… cubrimos los trabajos peor remunerados, ganamos un 26% menos que los varones por igual tarea y tenemos sobre nuestras cabezas un techo invisible que no nos permite ascender a posiciones jerárquicas o de poder…

Seguimos atrapadas en los roles de género que la vetusta sociedad patriarcal armó décadas atrás… Todavía no logramos desarmar el estereotipo que establece que las mujeres somos sensibles, contenedoras, cuidadoras de los demás, madres abnegadas… que somos las que, en las parejas, escuchamos y a la vez necesitamos hablar, las que soportamos lo que cualquier hombre no soportaría, las que sentimos, amamos, esperamos, perdonamos y nos sacrificamos…

Nos vendieron -y compramos- que teníamos que ser buenas -y parecerlo- para que nos quieran, para no quedarnos solas, para que nos elijan porque los varones eran un bien escaso al que había que cuidar y porque sin ellos, no había familia posible… y qué iba a ser de nosotras si no formábamos una familia y cumplíamos con nuestro indiscutible instinto materno?

No voy a mentirles ni mentirme a mi misma… no estamos tan deconstruidas como quisiéramos, ni somos todo lo libres que proclamamos, ni los hombres -en el caso de ser heterosexuales- nos importan tan poco como pretendemos demostrar… nos queda un largo camino por recorrer y, según mi modo de ver, sin la colaboración de los hombres, sin su propia deconstrucción y adaptación a esta nueva realidad, ese tránsito, se nos va a hacer muy cuesta arriba…

Los hombres están perdidos frente a nuestro cambio y es lógico, porque también nosotras estamos un poco perdidas en este universo nuevo al que estamos entrando casi con puntas de pie; muchas de nosotras tenemos hambre por conquistar los espacios que nos fueron vedados y a la vez, no queremos renunciar a nuestra femeneidad y al derecho a ser madres con toda la dedicación que nos plazca…

Quizá lo único que sí tenemos claro, es que el molde en el que estábamos ya no nos sirve, que perdimos el miedo a salirnos de él y lo hicimos… o lo estamos haciendo…

Perdimos el miedo… el miedo al qué dirán, a la soledad, a que no nos quieran, a no gustar, a fallar, a intentar, a perder, a ser dejadas, no elegidas, no buscadas, no valoradas… y quizá ese haya sido nuestro primer acto de empoderamiento real…

Me voy a permitir jugar con la premisa de pensar que, tal vez, perder el miedo a la soledad, sea el primer ejercicio verdadero de poder sobre nosotras mismas que podamos hacer, entendiendo lo dicho, no como una negación a la vida compartida con otro, sino como una forma de autodeterminación, independencia y posibilidad de elección desde una auténtica libertad.

Porque, finalmente, sólo si somos capaces de romper el estereotipo que nos llevaba a pensar que estar solas era sinónimo de poseer algún defecto que no nos hiciera queribles para un otro, estaremos en condiciones de abandonar aquel viejo papel pasivo de ser las elegidas o no y, en ese afán por ser queridas, perdernos a nosotras mismas.

Sólo entonces, estaremos en condiciones de elegir desde un lugar de poder y esa elección, necesariamente, va a ir ligada no solamente al sentir -que se nos atribuyó siempre-, sino que va a ser realizada desde la conjugación del deseo, verbo que forma parte de nuestras más preciadas y recientes adquisiciones.

Escribo estas líneas, abandonando otras en las que estoy tratando de pensar a la felicidad alejada de todo estereotipo, como acto reflejo que surgió en mi al leer que hoy -8 de Agosto- es el día internacional del orgasmo femenino. ¿Tan postergadas estuvimos como para necesitar no sólo un día internacional de la mujer sino también un día internacional del orgasmo? ¿Tan negado estuvo siempre nuestro deseo? ¿Cuánto hicimos por complacer a otros, olvidándonos de nosotras mismas? ¿Cuántas veces fingimos para ocultar nuestra insatisfacción con lo que recibíamos? ¿Por qué soportamos tanto durante tanto tiempo?